País de Gilipollas

Décadas de educación permisiva, tomaron ayer las calles. En una sociedad enferma, en la que el ego, el yo, ha suplantado paulatinamente al bien común, al interés de la mayoría, la mediocridad de las mentes reblandecidas hizo que ayer calles, plazas, caminos y parques se saturasen de irresponsabilidad. Padres que, valiéndose de unos hijos que han demostrado lo impensable hace poco, manteniendo un encierro ejemplar y dándonos auténticas lecciones de vida, se han echado a la calle de mil en mil, porque ellos lo valen.

No dudo que entre los que ayer pisaron el exterior habrá quienes sí hicieron lo que la lógica y el sentido común avala. Padres y madres ejemplares, que cubrieron a sus hijos con guantes, con mascarilla, que bajaron en solitario, a recorrer las cercanías de su domicilio sin permitirles tocar nada que rodase por el suelo, ó invitase al menor a revolcarse por una superficie que puede costarle la vida. No es a ellos a quien me refiero, no. Me refiero a los padres y madres que, demostrando que son unos auténticos gilipollas, hicieron que ésta batalla que todos estamos librando, pueda terminar en derrota.

Dignos seguidores del “cuanto peor, mejor”, se muestran incapaces de mantener una mente crítica que piense por si misma, y amparándose en unos dirigentes que hoy aseguran por ley, lo que mañana revocarán por decreto, se han creído merecedores de un comportamiento irracional, porque ellos lo valen. Porque su “yo creo” y su “en mi opinión”, son los únicos valores que idolatran. Dentro de dos semanas, cosecharemos los frutos de su egocéntrica irresponsabilidad.

Desoyendo a quienes en primera línea siguen dándolo todo, a médicos y enfermeras, hacen que el trabajo que siguen haciendo por vocación más que por dinero y gratificaciones, esté a punto de no servir absolutamente para nada. Como buenas marionetas de un estado negligente, han llevado la sinrazón de las 20:00h al resto del día. Han hecho que, esos festivales del humor, de la alegría y el jolgorio que cada día a las ocho en punto tienen que sufrir quienes no han podido despedirse de una madre, quienes no tienen más que una videoconferencia para compartir sus lágrimas en el duelo, hayan ascendido un escalón más magnificando su villanía en detrimento del resto de la sociedad.

Un auténtico país de gilipollas dentro de nuestra nación, que dejan claro que éste gobierno de incompetentes no está ahí por accidente.

Si su aventura egocéntrica tiene consecuencias inmediatas en su salud, tengo claro que no tardarán en exigir los mismos medios y atenciones de quien sí se ha preocupado de respetar las normas. De reclamar el mismo derecho que asiste a quien ha hecho lo imposible por controlar esta pandemia que a todos nos supera. Y si termina mal su aventura, no dudo que culparán a los demás de sus propios y vanidosos errores.

Por que sí señores sí. Hay quien aún piensa que esto va de rojos y azules. De siglas y partidos. Y no es así. Aquí y ahora, nuestra sociedad se enfrenta a quién vivirá, y quién morirá. Cuando tengan el primer muerto en sus familias y son tan afortunados como para que les sea notificada la defunción, puede que dejen de dar palmas de alegría. Puede que miren el pavimento del exterior como el revolver que les apunta con una bala girando en su tambor. Puede que comiencen a pensar en los demás arrinconando su propio ego, y podamos decir como sociedad que, por fin, estamos dando un paso adelante en la lucha contra el virus. Algo que, sinceramente, veo muy difícil de conseguir.

Palmeros mediáticos que les animen a seguir como hasta ahora, no faltarán. Peleles con buen sueldo que siguen berreando las directrices de quienes llenan las fosas de la vergüenza. Auténticos despojos de la moral que, amparándose en su falta de escrúpulo, siguen creyendo que su sueldo justifica todos sus desmanes. Si bien ya hemos visto quien demostrando tener un mínimo de decencia, y tras oír las cuatro verdades del sepulturero, ha sabido dar marcha atrás y reconocer la realidad que nos está tocando padecer, el resto ahí seguirá hasta que, como las ratas, intenten salvarse cuando el agua llegue a la cubierta.

Gracias a todos ellos podemos hablar en presente, como una realidad cruda y visceral, de que España tiene entre sus manos a la primera generación de niños que no se criará a la sombra de sus abuelos. Toda una generación que crecerá sin el referente moral y educacional que hemos disfrutado los demás, nacidos de la experiencia vital de nuestros mayores. Una nueva sociedad de jóvenes expuestos más aún al adoctrinamiento sectario de quienes no les ven más que como una herramienta política en su lucha por el poder, sin un arraigo familiar que les combata. Unos niños, que tendrán que criarse únicamente en base a recuerdos, a relatos mejor o peor intencionados, pero que por primera vez en siglos, no interactuarán más que con su propia generación.

Carezco del don de la clarividencia. No tengo una bola de cristal que me lo asegure. Simplemente conozco a mis semejantes, y en base a lo que veo, a lo que no se cansan de demostrar una y otra vez, puedo asegurar que lo peor de todo aún está por llegar. Ahí están las cifras pese a la manipulación. Ahí están los ataúdes. Ahí los funerales online para que pasen sin pena ni gloria. Ahí están los testimonios a pie de respirador de quienes luchan todos los días contra este mal aun a coste de sus propias vidas.

La bola de cristal se queda para los que aseguran, con sueldo o sin el, que la derecha lo hubiese hecho igual de mal, o incluso peor. El don de la clarividencia, para los que ya hablan sobre devolver a los niños a las aulas. Pero el premio gordo, para los que afirman que nuestro sistema de salud, no era ni de lejos el mejor del mundo tal y como se afirmaba.

Pues sí. Un SÍ, tan grande como rotundo. Sí lo es, y lo está demostrando día a día. Gracias a que lo es, y a esa singular raza de nuevos héroes que lo componen, tenemos que lamentarnos de cifras que se cuentan en decenas de miles, en lugar de contar millones.

Gracias a ese sistema de salud que aún no está recibiendo los sistemas de protección más básicos y esenciales, podemos hablar de pequeñas victorias dentro del dolor y la tragedia. Podemos seguir viviendo con una mínima esperanza de que, si la gilipollez que invade nuestra sociedad termina por afectarnos, sigan ahí sin rendirse peleando contra éste invisible enemigo que sepulta a todos por igual.

Termino ya. Pero quiero hacerlo hablando de quienes en éstas horas están sufriendo lo que muy pocos conocen.

Si algo ha traído esta situación a nuestras vidas, ha sido un claro recorte a nuestras libertades. Bueno, en realidad más que recorte, ha sido una drástica amputación. El recién subvencionado “Ministerio de la Verdad”, se emplea muy a fondo para quien se quiera mantener al tanto de la realidad, lo tenga cada día más y más difícil. Como toda guerra, ésta también cuenta ya con sus daños colaterales. Con sus víctimas no pretendidas. Aquí pudiera incluirse a buen número de profesionales de la comunicación, que, negándose a repartir las ruedas de molino que pretenden nos traguemos, han visto cómo su vida profesional ha sido sepultada en la ignominia. Ilustres firmas como la de Alfonso Ussía, han dejado de rubricar artículos al son de la nueva censura. Pero el caso más sangrante, por lo menos para mí, es el caso de Iker Jiménez y Carmen Porter.

Sí. Los de los fantasmas.

Pocas veces he visto con mis propios ojos una campaña tan mezquina como la que en estos momentos, esta pareja de comunicadores están viviendo en primera persona. En lugar de premiar su profesionalidad por ser casi los únicos que, con meses de tiempo, nos alertaron sobre la realidad de lo que nos venía, a día de hoy siguen sufriendo campañas de desprestigio cuando no de calumnia directa y criminal.

En un ejercicio sin precedentes en la historia de la democracia, fueron apartados de la pantalla como castigo a su excepcional labor. Buscando asilo en las redes sociales –pese a todos los intentos para evitarlo, el único rincón libre que nos queda- mantuvieron su programa e incluso incrementaron la calidad de sus emisiones, y las aportaciones de expertos reales que sí saben qué tienen entre manos. Pues bien. Hasta eso se les pretende arrebatar. Una campaña carente de vergüenza democrática vuelve a sacudirles. Los medios de la subvención, y los palmeros de la mediocridad, cargan sus plumas y teclados contra ellos.

Quiero creer que pese a ello, resistirán. Sin canciones ni falsos aplausos. Por vocación bien entendida. Por un sentido correcto del deber. Porque al igual que médicos, enfermeras, guardia civiles y policías, nuestra sociedad les necesita. Necesita, necesitamos ver que no sólo hay muertes silenciadas. No sólo manipulación y censura. Porque todos y cada uno de nosotros, estamos obligados a luchar por nuestra libertad.

Tenemos ganado el derecho a la libertad. Porque sí. Porque quienes ahora mueren abandonados por la sociedad, lucharon muy duro para dejárnosla como herencia. Porque no somos nosotros los que la utilizamos para mentir. Para manipular. Para intentar salvar los muebles en un barco que se hunde. Porque, en suma, la Libertad es el único paraguas que nos protege de la ignominia, y hace que palabras como dignidad o respeto, no dependan sólo de una cuantiosa cifra a fin de mes. De un dinero, manchado con la sangre de nuestros ya santos inocentes.

Rogelio Taboada

Padre. Hijo. Nieto.

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