De Navarra XXVII – Iruña

Hoy entraré en detalle sobre el origen real de Iruña. Tema que me consta, ha levantado pasiones. Para comenzar con buen pie, pues no se presenta fácil la cosa, se hace necesario crear un marco previo incluyendo, recordando y ordenando cronológicamente una lista de sucesos que nos resultan indispensables:

En el año de 905 Sancho Garcés recupera-arrebata el control de Pamplona y su cuenca a su hermano Fortún “el tuerto”, -ó “el moro” que lo mismo nos da- y reinstaura el culto cristiano en la ciudad.

Mano a mano con su sobrino Ordoño II reconquista y repuebla las tierras de Álava, fundando nuevos núcleos tanto civiles como religiosos, dándose en ese tiempo continuidad a la repoblación de las nuevas tierras valiéndose tanto de los navarros que conformaron las primeras navarrerías, como posteriormente de pobladores francos (San Martín de Albelda, La Bastida, etc) y vascones aquitanos en una primera gran migración hacia la península. Aquí y con ellos se da el primer intento de recrear la diócesis Irunniense, con los descendientes de los vacceos de Urueña. Se fundan poblaciones como Cirueña y Ciriñuela en La Rioja, conocidas también bajo la navarrísima fórmula de Cirueña de Suso y Yuso. Poblaciones que deben su origen al monasterio patrocinado por nuestro monarca de San Andrés de Cirueña.

Monasterio y villas que en su nombre muestran la misma deriva que Iruña, encontrándolos como Cironia, Ciruinnia etc.

En el año de 999 Almanzor saquea las tierras de Pamplona, las de Álava, y todas las que sus huestes visitan, derruyendo iglesias por doquier despojándolas de todos sus tesoros. En 1007 Sancho el Mayor, recién iniciado su reinado, restituye a la Iglesia de Pamplona sus bienes perdidos en la barbarie, pues toma de nuevo el control de toda tierra conquistada, poniéndola de nuevo en manos de (es necesario insistir) la Iglesia de Pamplona.

Suma esa nueva reconquista a las tierras ocupadas en ese año tras la frontera histórica que dividía Hispania con la Galia, así como con las recién adquiridas tierras de Guipúzcoa.

En el estudio de la documentación medieval queda clara la fascinación que Sancho el Mayor sentía por su antepasado Sancho Garcés I, siendo reiteradas las referencias que realiza a su reinado, méritos y donaciones. También demuestra esa fascinación por su fervor religioso, ya que lo primero que restituye -reconstruye más bien- son los primitivos monasterios que su antepasado construyó en las tierras de Álava, y que fueron destruidos en las razias de Almanzor.

El propio documento de 1007, donde restituye a la Iglesia de Pamplona sus bienes perdidos, llegando a Pamplona dice que la dona, la propia ciudad, del mismo modo que lo hizo su antepasado Sancho “cognomine Auarca”. Por si hay duda de quién puede ser éste Sancho (que la palabra utilizada auus tanto vale para abuelo, como para bisabuelo ó antepasado), llegando a tierras de Lónguida nos lo desvela incluyendo el monasterio de San Pedro sobre el río Salazar (Usún), el que donaron Sancho Garcés y su esposa Toda Aznárez.

Siempre tras la huella de nuestro primer gran Rey.

El comienzo de las reconstrucciones las inicia declarando su intención de restituir la malograda diócesis Irunniense, dando uso documental por primera vez a ese término, uniendo bajo ese estandarte todas las nuevas tierras: las que intenta reconstruir en la península (desde la cuenca de Pamplona hasta las tierras de Álava), y las recién adquiridas en Guipúzcoa y Aquitania.

Llegados a 1022 realiza la anexión que resultaría definitiva y máximo exponente de la ampliación territorial de Navarra por el sur francés, documentando la obligación impuesta a la diócesis de Pamplona de elegir siempre al obispo de Pamplona entre los abades de Leyre (asegurándose así el control de la elección), incluyendo la potestad del obispo de Pamplona para el nombramiento del resto de obispos comprovincianos de la restituida diócesis, a la que suma las últimas tierras adquiridas en Aquitania. Un año después crea el primer señorío transpirenaico con el nombramiento de Jimeno de Ochoaniz como Señor del actual Baztán.

Por comenzar con cierto orden en la demostración física de tales hechos, acudiré en primer lugar a la propia catedral de Pamplona. En la memoria publicada por María Ángeles Mezquíriz Irujo y María Inés Tabar Sarrias, donde se detalla el resultado de las excavaciones realizadas en el suelo de la propia catedral, encontramos el párrafo siguiente:

“Finalmente, en los niveles más altos de la estratigrafía se han encontrado algunos indicios que pudieran corresponder a época paleo-cristiana o visigoda. Tales son una sepultura de adulto así como algunos elementos de piedra reutilizados en construcciones posteriores. Se trata de una estela funeraria que se halló formando parte de una cimentación gótica. Son elementos sueltos que evidencian el culto cristiano en este lugar entre los siglos VI-VII d.C.

Se conoce documentalmente la asistencia en esta época de obispos de Pamplona a los Concilios de Toledo y Zaragoza. Las excavaciones del Arcedianato en 1965 descubrieron también la existencia de estratos arqueológicos de época visigoda. Otro nivel que ha quedado claro es el correspondiente a época prerrománica. Se han hallado una serie de trazas de muros destruidos por las construcciones posteriores así como algunos elementos escultóricos (capitel, canecillos) que pueden fecharse en el siglo X-XI, reutilizados en las cimentaciones de la catedral románica”

Vemos en éste párrafo, (en el parón tanto constructivo como asociable al culto que demuestra) una primera Pamplona bajo rito visigodo que muestra su última expresión en los albores de la invasión mora de 732, paralizándose en el tiempo hasta el siglo X y la reconquista de la ciudad por Sancho Garcés I quien restaura el culto cristiano en 905.

Esto son pruebas físicas, reales, que dotan de una validez incuestionable a toda la documentación anteriormente detallada que nos ha mostrado el camino hasta esta realidad sobre el culto cristiano en la historia de Pamplona.

Si realizamos un ejercicio similar en cualquiera de las ubicaciones que debemos a Sancho Garcés I, podemos comprobar cómo un patrón similar se muestra recurrente: una primera construcción en tiempos de éste monarca, y una reconstrucción posterior en tiempo de Sancho el Mayor. Incluso ésta misma semana hemos celebrado el hallazgo en Irache de un nuevo nivel constructivo, datado casualmente en tiempos de Sancho Garcés I.

Podemos ver cómo Sancho el Mayor reconstruye todos los monasterios que su antepasado construyó en tierras de Álava y la primera Rioja, e incluso los anteriormente fundados y también destruidos por Almanzor como el de San Millán de la Cogolla. Pero también crea nuevos enclaves monásticos para dar cobertura a su “cristianización” particular de los nuevos colonos, quienes se mostraban como irredentos paganos.

Ejemplo de ello –sangrante ejemplo- lo podemos ver en el recién creado Monasterio de San Sebastián que tan diligentemente es utilizado como referencia geográfica en el documento de 1007. En el que se detalla la primera expansión territorial. Ahí vemos el primer documento conocido que nombra el origen del actual San Sebastián. La primitiva aldea fue construida en torno a este monasterio, dando así una primera configuración a la urbe que llegaría hasta la actualidad.

El origen de San Sebastián se lo debemos a Sancho el Mayor, Rey de Navarra, en un tiempo donde San Sebastián, la tierra física que ocupaba, era suelo navarro. Éste templo al Señor Sacrificado ubicado sobre la orilla del mar Océano, es una de las muchas poblaciones actuales que deben su origen a la expansión Iruniense. Irún sin ir más lejos tornó su nombre tradicional de Oiasso, al nombre actual dentro de la nueva provincia eclesiástica, y al igual que ella múltiples localidades de las nuevas tierras. Vemos cómo en 1014 es nombrada por primera vez Irurdita, se crean los núcleos de Iraurgui de Yuso y Suso (actuales Azcoitia y Azpeitia) y un suma y sigue de localidades de las que estoy seguro que más de uno se asombrará al conocer su origen real.

Pero la cosa no quedó aquí. Pese a la tendencia natural de centrar el estudio en la parte que nos afecta, en nuestro caso la parte peninsular, el mismo proceder se dio también al otro lado de los Pirineos, con nuevas y religiosas fundaciones como por ejemplo el monasterio de San Vicente de Urrunia, que dio origen a la actual localidad de Urrugne-Urruña.

No quiero liar más la cosa de los nombres, que ya sabemos qué resultado da para la comprensión general del artículo, pero no puedo pasar sobre éste capítulo sin incluir otro de los núcleos creados por Sancho el Mayor en el XI, por razones de fuerza mayor.

En vecindad con uno de los núcleos fundados por Ordoño II y sus montañeses, Langrares, conocida hoy como Nanclares de la Oca, Sancho el Mayor dentro de su empeño en reinstaurar la diócesis Irunniense, ordenó la construcción del monasterio de Santa María de Iruña. Pequeño monasterio convenientemente apartado de Langrares y demás núcleos habitados, desde su origen hasta su desaparición estuvo vinculado directamente a la Iglesia de Pamplona. Realidad que nos ha deparado en el presente dos “inocentes y desinteresadas” singularidades. La primera de ellas es ver cómo se da uso a los documentos que le pertenecen directamente, como documentos de relleno empleados como demostrativo de que Pamplona se llamó Iruña, adjudicando la identificación de ésta Santa María no al monasterio real, sino a la catedral de Pamplona.

La segunda, de morirse, el utilizar el nombre de éste pequeño monasterio creado en el XI para cristianizar la región, para “vasconizar milenariamente” a toda la comarca. En su cercanía se encuentra el ya conocido yacimiento de Iruña-Veleia. Nombre sobre el que pueden encontrarse párrafos como el siguiente:

El nombre Iruña era la denominación que la ciudad romana de Veleia tenía en euskera arcaico. Su origen etimológico estaría en la unión de dos elementos; por una parte la palabra «(h)iri», que significa ciudad en euskera, y por otra parte, aunque no está del todo claro, la palabra «ona», bueno o buena en euskera. Por tanto, «Iruña» vendría a significar algo como «La Buena Ciudad»

Por si alguien -dado el profundo nivel del texto- aun no se ha percatado, este párrafo está extraído directamente de Wikipedia-Iruña de Oca.

De un humilde monasterio ha tomado nombre un municipio, y toda su comarca asociada. Lo ha hecho pese al valor histórico de las poblaciones reales y originales como Langrares o Trasponte, ya que el humilde Iruña como hemos visto da paso fácil a una identificación dentro del euskera arcaico que hablaban los vascos del pleistoceno superior, y todo lo que cultural, social y mentalmente conlleva.

Como demostración de semejante falsedad, de tan soez manipulación, baste conocer la realidad de éste pequeño monasterio, y la causa de su fundación y origen real. Si con eso alguien no se queda conforme, le invito a hacer lo que yo mismo he hecho, que no es otra cosa que (costumbre añeja) seguir su rastro en la documentación histórica de algo que nunca falla: el dinero.

Si bien los documentos, tanto civiles como religiosos, dependiendo de su cometido y función pueden contener ciertas licencias al gusto del literato escribano, los documentos relativos al cobro de tasas e impuestos, da igual civiles que religiosos, tienden a la exactitud. Al detalle extremo.

Uno de ellos es el conocido como Reja de San Millán, documento incluido en el Becerro Galícano (fol 189), donde se detallan los impuestos entregados por buen número de localidades alavesas al monasterio de San Millán, detallando todos sus términos y pedanías indicando su correspondiente tributo. Documento contemporáneo a Sancho el Mayor (lo fechan en 1025) nos deja para la actualidad un minucioso detalle del territorio sujeto al documento. Para la comarca de Langrares encontramos:

“Langrares XXIIII regas: VIIII Alfoze, Transponte I carnero. Mendihil una rega. Harrieta I rega in anno. Eurtupiana I rega in anno alio. Adanna I rega. Mendoza una rega. Eztarrona I rega. Otazaha I rega. Haztegieta I rega. Gobeio una rega. Zuhazu I rega. Lermanda una rega. Margarita II regas. Gomegga I rega. Ariniz I rega. Zumelzu I rega. Benea I rega. Suvillana I rega. Elheni Villa I rega. Luperho I rega. Quintaniella de Sursum Zavalla I rega. Billodas tres regas. Langrares III regas”

¿E Iruña?

¿Dónde nos han dejado a nuestra Iruña penta-milenaria???

Si algo puede demostrarse en base a éste documento, es que el monasterio de Santa María de Iruña se fundó en fechas posteriores a 1025, ya que parte de las localidades arriba mencionadas pasarían a ser tributarias de él, y aquí vemos cómo aun rinden cuentas a San Millán. Del mismo modo en 1025 una aldea o población bajo el nombre de Iruña era inexistente. Tan inexistente como resulta cualquier Iruña en la documentación clásica, bien sea sobre la administración romana, o sobre sus descripciones geográficas.

Iruña fue una diócesis dependiente del Obispo de Pamplona. Directamente de su mandato y jurisdicción. De Iruña eran todas las posesiones de dicha diócesis ubicadas en las nuevas tierras, y como diócesis Irunniense es identificada en los documentos donde se gestiona, dona o menciona cualquier templo o posesión perteneciente a dicha diócesis, inclusive los ubicados al norte de la línea Leiza-Roncesvalles.

De la Navarra territorial de por entonces, las únicas regiones que estaban ausentes en esta diócesis Irunniense eran las ubicadas al este de Loiti (para variar), restituyéndose en poco tiempo la diócesis Oscense dando paso a la primera subdivisión episcopal por esas longitudes, siempre bajo dependencia directa de la Iglesia de Pamplona. No me cansaré de repetirlo. De Pamplona. Las comarcas de Romanzado, Sangüesa y Sos, se mantendrían en posesión directa de Leyre hasta su reabsorción final ya nuevamente como Iglesia de Pamplona en su totalidad, a la que se le sumaría posteriormente la reconquistada Tudela con su nueva diócesis.

Con la restauración de la diócesis Iruñense, se dio forma a las sub-provincias eclesiásticas que conformarían las posteriores Provincias Vascongadas, perdiéndose finalmente como ya sabemos la parte norte de ésta nueva diócesis, quedando como extremo boreal el Señorío del Baztán.

No lleguéis a pensar que todo esto es cosa del pasado. Aunque el origen de todo esto, del Iruña, dentro de poco cumplirá mil años, su configuración y realidad nos ha seguido hasta el día de hoy.

Hace dos semanas, iniciada ya la confección de éste artículo (que ya es casualidad) me llegó una notificación en redes sociales, de Iglesia Navarra. Decía tal que así:

“Reunión de los obispos de la Provincia Eclesiástica de Pamplona-Tudela

El pasado 6 de noviembre tuvo lugar una reunión de los obispos de la Provincia Eclesiástica de Pamplona y Tudela, a la que asistieron nuestro Arzobispo, Mons. Francisco Pérez; Mons. José Ignacio Munilla, Obispo de San Sebastián; Mons. Carlos Escribano, Obispo de Calahorra, La Calzada-Logroño; Mons. Julián Ruiz Martorell, Obispo de Jaca; y nuestro obispo Auxiliar, Mons. Juan Antonio Aznárez.

Creo que poco más queda por decir.

Podéis hartaros de encontrar transcripciones modernas que anuncian en su título cualquier cosa sobre Iruña, viendo en el original que Iruña no figura por ningún lado. Pamplona nada más.

Es uno de los casos donde la realidad histórica se ha alterado y sustituido por interés político, y de manera clara además. Desvelar el auténtico origen de Iruña no como la capital de los vascones-decamilenarios-arcaicos de sus fantasías, sino (para más INRI) como elemento netamente religioso, del XI, y navarro por demás…se ve que no les mola nada de nada.

Y eso que en esa fecha aún no le había dado a ningún riojano por fundar Bilbao, que sino…apaga y vámonos.

A estudiar ¿eh? Que es al único lugar donde un navarro que se precie de su Historia acaba marchando.

Rogelio Taboada

Cantero artesanal, escritor e historiógrafo sangüesino

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