Sáb. Jul 20th, 2024

A Pedro Navarro o conde de Oliveto, Pamplona le dedicó una calle que aparece en la obra del ilustre doctor Arazuri, Calles y barrios de Pamplona, con la semblanza del titular, este genio de la guerra, al que tiene Garde como hijo ilustre de la villa, aunque la rivalidad de Urzainqui y otras localidades, lo pone en duda. Fructuoso Orduna perpetuó su memoria con una escultura esbelta realizada en 1928 que luce esta villa de Garde, roncalesa ella cuyo término linda con las provincias de Huesca y Zaragoza y que dedica su parroquia al apóstol Santiago y venera a una imagen mariana, la Virgen de Zuberoa que escapó de la Francia revolucionaria. Pedro Navarro tiene ribetes legendarios: los tratadistas que se han acercado a su biografía, principalmente Luis del Campo, médico humanista e historiador, en su libro editado por Gómez en 1962, sitúa hacia 1560 la fecha de su nacimiento. La de la muerte, sí que está documentada en 1528 en la cárcel napolitana de Castelnuovo. A este carácter legendario contribuye también el hecho de tener tres nombres principales por los que es conocido: Pedro Bereterra en su infancia y juventud, Pedro Roncal –algunos ven en él el origen del apellido Roncalli que lució el papa San Juan XXIII-, Pedro Navarro como se le conoce más habitualmente, y Conde de Oliveto o Conde Oliveto, tras el título que ganó tras la batalla de Ceriñola (1503).

La trayectoria de Pedro Navarro es espectacular, digna del mejor cine, novela o teatro si hubiera sido conocido por un guionista o por el mismísimo Cervantes del que le separó un siglo, y quién sabe si al gran autor del Quijote, no le inspiró la figura del navarro que en la cárcel norteafricana le echó una mano para salir del encierro. En Orán, la plaza fuerte tan disputada con el Turco, hay una fortificación diseñada por Pedro Navarro, al que se le tiene allí como forjador del mejor atractivo turístico actual de esta ciudad argelina de millón y medio de habitantes, que cuenta desde hace poco tiempo con una directora del Instituto Cervantes, la cascantina Inmaculada Jiménez. Bien hará en divulgar esta figura tan especial como la de Pedro Navarro, dentro de las refriegas cristianas contra la armada turca tras la caída de Constantinopla, y también en la lucha en el Mediterráneo, especialmente en Sicilia y Nápoles entre las monarquías españolas y francesas ansiosas de imperio, con el emperador Carlos I y Francisco I, cuando la gran epopeya americana no impedía a España la intervención por la hegemonía bien probada como católica, en la Europa del Renacimiento y de la escisión protestante. Brindo a especialistas en historia militar, como Jesús María Ruiz Vidondo, el deseo de profundizar en el personaje y en el contexto en que vive.

La biografía de Pedro Navarro es apasionante. De pastor en su pueblo natal, entra en servicio como mandadero del Cardenal Juan de Aragón, hijo a su vez del rey de Nápoles. Se curtió en la guerra, naturalmente marítima, entre florentinos y genoveses, para pasar luego bajo bandera napolitana a asaltar naves de comercio en el Mare Nostrum. Obtuvo pronta fama de corsario aguerrido y fue fichado por el Gran Capitán para trabajar por su causa, nada más doblar la mitad del segundo milenio. Parece o se tiene como tal, inventor del mortífero ingenio de las minas explosivas en las campañas militares, y de otras aportaciones al arte de la Guerra. Fue presentado por Gonzálo de Córdoba ante Fernando el Católico y Francisco Jiménez de Cisneros cuyo V centenario se está celebrando sin la resonancia debida. El excelente historiador padre Tarsicio de Azcona publicó en Diario de Navarra, el día 6 de noviembre de 2017, un excelente artículo al respecto.

Ascendido Pedro Navarro a capitán o lugarteniente del ejército español, y como tal toma parte activa en las campañas norteafricanas, como las conquistas de Orán (1509), Trípoli (1510), Argel y otras. Asentadas las plazas fuertes de la ribera mediterránea, lucho contra los franceses y fue hecho prisionero por éstos en la acción de Rávena en 1512, en la que evitó con audacia e inteligencia un mayor desastre. Le perdonaron la vida los captores a cambio de que se pasara a sus filas y así se convirtió en soldado de Francisco I, respetando el rango de general que ostentaba en la armada española. Victorioso en Milán, cayó prisionero de los españoles tras la batalla de Pavía. La paz de Madrid (1526) le devolvió la libertad como al humillado monarca francés con quien volvió a las andadas bélicas, con tan mala suerte para él, que volvió a caer prisionero de los españoles y encerrado en la cárcel de Castelnuovo, en el entorno de Nápoles, murió en 1528.

A través de sus peripecias puede comprenderse una época de gran interés para su estudio. Tiene el personaje ribetes de El Cid, de Javier Mina, de algún Señor de la Guerra de cualquier época, al que su oficio de las armas le dio prestigio y también requiebros en sus ideales patrios.

Jesús Tanco Lerga

Doctor en Ciencias de la información por la UN

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