Luces y sombras de la transición en Navarra- parte 1ª

Fueron años trepidantes, aquellos de los setenta, en los que todos los que teníamos uso de razón cívica cometimos si no locuras, sí osadías y audacias más o menos razonables. Años de idealismo, de inquietudes, y de cambios vertiginosos. Cuatro décadas después, cuando la segunda decena del siglo XXI avanza inexorable, bien viene una reflexión de aquel tiempo, que ha influido más de lo que a primera vista pueda parecer, en lo que hoy acontece.

La década anterior. Años sesenta. Confusión y desarrollo personal y colectivo.

El año 1960 amaneció con el vaticinio de ciertos agoreros de que vendría en su transcurso el fin del mundo. Fue un año que recuerdo con especial interés. Preparaba Ingreso de Bachillerato por libre con el excelente maestro nacional don Jesús Tabernero y superé el examen en el Instituto Masculino Ximénez de Rada, cuyas monumentales columnas nos parecían propias de la arquitectura farónica. Vi por primera vez la televisión en el actual Bar Orly de Olite, regentado por el popular Fulgencín Ayesa, con un bautismo del invento en un programa que versaba sobre las revueltas del Congo con Lumumba y la secesión de Katanga. La descolonización de África estaba servida y con ella, unos procesos de independencia de las metrópolis europeas y convulsiones nacionalistas y tribales que asolaron el continente. La Guerra de Argelia era seguida entonces con gran interés por los partes (informativos) radiofónicos, y la situación estaba al rojo vivo también en esta zona mediterránea con gran influencia francesa. La carrera espacial se centraba en preparar tripulantes que dieran órbitas a la tierra con el alunizaje en el horizonte más o menos próximo. Preocupaba mucho la revolución cubana, que tras derrocar Fidel Castro -médico educado en colegio de Jesuitas- a Fulgencio Batista, empezó a tomar derroteros de dictadura comunista que todavía perdura. España ya en el seno de las Naciones Unidas como miembro de pleno derecho, en la Guerra Fría era claramente anticomunista, antijudía o mejor proárabe, y empezaba a dar resultado el Plan de Estabilización iniciado en 1959, que preparó la caja para ahorrar mucho y con remesas económicas de emigrantes que fueron con billete de ida y vuelta, maestros y sacerdotes que atendieran a sus familias, a países europeos más prósperos en los que con enorme sacrificio y difícil adaptación, trabajaron fuerte y duro.

La década avanzó deprisa hacia una renovación en la Iglesia emprendida por la convocatoria y celebración del Concilio Vaticano II, inaugurado por el papa santo Juan XXIII el 11 de octubre de 1962 y concluido tras sesiones anuales, por Pablo VI en 1965. La imagen del desfile por la columnata de Bernini y después en el aula conciliar de los 2.500 obispos participantes tuvo un gran impacto en aquella sociedad nuestra en la que la Iglesia influía tanto. Nuestro ambiente, el familiar, el de la escuela nacional o colegio, el de la calle estaba impregnado de referencias religiosas. Lo que vivíamos en casa, lo podíamos percibir en los párvulos de las Hijas de la Caridad, en los de la escuela nacional, en mi caso con la parvulista y primera maestra Mª Dolores Ugarriza, después con mis maestros Jesús y Julián Tabernero su padre, con Ángel García, primo mío, o Paquita Sagüés que preparaba entre otras cosas unas flores poéticas en honor de la Virgen en el mes de mayo. Apenas noté cambio alguno en la formación humana y espiritual cuando fui a terminar el bachillerato al colegio de las Escuelas Pías de Tafalla, o a estudiar –chicos y chicas por separado- la carrera de Magisterio a la Escuela Normal de Pamplona. Se enseñaba la doctrina cristiana con naturalidad, un patriotismo español que veíamos natural, se jugaba al fútbol y a otras cosas en pandillas que luego derivaron a las cuadrillas de amigos, y los padres vigilaban horarios de esparcimiento que acababan al atardecer tras el toque y asistencia muchas veces al rosario parroquial. También había un lugar vamos a decir de diversión de la parroquia, en mi caso la de san Pedro, en un local al que llamábamos el Hogar Bendito en el que teníamos abundantes veladas de teatro y actuaciones musicales. Mis padres procuraron en este complemento que yo aprendiera solfeo con el organista, y guitarra con Juan Zábal, herrero y reinsertado sin problemas en el pueblo tras haber estado en la Guerra con los rojos.

No exagero nada si digo que tuve una infancia feliz, en una familia de agricultores, con primos y amigos, con compañeros de pupitre y de doctrina (catequesis) con vecinos y parientes, a los que se quería de verdad y de los que uno recibía también. Antes de ir a Pamplona en 1964 a estudiar Magisterio había ido ya a las colonias escolares de Fuenterrabía en 1959 y 1961, donde descubrí lo distintos que éramos los navarros. Los 250 chicos que íbamos en cada turno paseábamos emparejados. El primer año me tocó de par, un chico de Vera, al que había que sacarle las palabras con sacacorchos. El segundo de los años, fue un chaval de Burgui, distinto al veratarra, pero también reservado, quien desfilaba conmigo hasta la playa o por las calles de la villa veraniega. En el año intermedio de 1960 también estuve en Fuenterrabía, pero en este verano en el albergue del Frente de Juventudes Juan Sebastián Elcano, en un turno dirigido por Julio Téigel que era director del Colegio Menor Ruiz de Alda donde estuve interno mientras estudié después Magisterio. En veranos sucesivos estuve en otros campamentos de la OJE (Organización Juvenil Española) en Somo-Loredo, Alcocebre y Espinosa de los Monteros. Yo conocía esta organización por contar en Olite con un Hogar que estuvo a cargo cuando lo frecuenté de Pedro Mangado, un carlista del Movimiento; en él practiqué deporte, juegos sanos y unas lecturas apropiadas a la edad.

Los tres años de estudios de Magisterio entre 1964 y 1967 fueron muy intensos y provechosos. Éramos veinte alumnos oficiales en la Escuela Normal de Maestros, a los que se sumaban esporádicamente los libres oyentes, muchos de ellos procedentes de colegios de religiosos, tras abandonar los estudios eclesiásticos. Las chicas eran más numerosas, en torno a las sesenta. Estos años fueron para España los del desarrollo y también de gran inquietud política. El turismo ayudó también a llenar las arcas nacionales y con el dinero de los emigrantes, el sacrificio de toda una generación, la de nuestros padres, y el buen Tratado Preferencial que preparó el ministro de Comercio Ullastres con el Mercado común Europeo, se pudo acometer la gran obra del desarrollo industrial de España. Dentro de ella, Navarra hizo su propio plan industrial, también agrícola y de servicios, con una comarcalización inteligente preparada por la Diputación Foral de Navarra, que evitó el éxodo masivo de las zonas rurales y la concentración en un polo único del tejido industrial.

En el Régimen del Movimiento Nacional hubo una palpable apertura. La Ley Orgánica de 1966, sometida a Referéndum en diciembre, preparó una serie de reformas que animó a las minorías opositoras al activismo, y a las, llamemos, familias políticas más colaboradoras: Falange, Carlismo, Tecnócratas, Democracia Cristiana, monárquicos juanistas afines, a realizar labores de competencia por repartirse los cargos y representaciones posibles en las instituciones. Y en estos años los adolescentes o jóvenes inquietos empezamos a preocuparnos por la sociedad y también muchos, por la política. A mediados de los Sesenta, muchos éramos de Acción Católica. Yo en concreto fui responsable de la JEC (Juventud de Estudiantes Católicos) en la Enseñanza Media, a la que estaba asimilada la carrera de Magisterio. Teníamos equipos que con un esquema muy simple de Ver-Juzgar y Actuar, queríamos mejorar el mundo que nos rodeaba y el que estaba un poco más lejos. Las organizaciones católicas, después de la finalización del Concilio -1965- entraron en una serie de tensiones entre lo antiguo y lo nuevo, en un ansia generalizada de cambiar. Y estos cambios no afectaron sólo a cuestiones formales sino también a temas de alto calado, de fondo diríamos.

Navarra vivió una doble transición. La que le afectaba como parte de España, para pasar de un Régimen de autoridad, confesional católico, singular en cuanto a su origen en la Guerra Civil, con una representación genuina en instituciones llamada Democracia Orgánica, similar a los estados corporativos que no aceptaba los partidos políticos. Un Régimen, llamado también Nuevo Estado, que tuvo que partir de una reconstrucción de recuperación y mejora infraestructuras, de tejido industrial, de viviendas adecuadas, sobre todo en la primera década después de la Paz de 1939. Al acabar la II Guerra Mundial, sufrió España un bloqueo promovido por las potencias ganadoras en la contienda, a pesar de la Neutralidad que sostuvo España, pese a la insistencia de Alemania para involucrarse en el conflicto. Sólo una docena de países, la mayoría hispanoamericanos, tuvieron relaciones comerciales con España, y es de destacar la ayuda de la Argentina, en ese sentido. Pamplona le dedicó una plaza a esta nación hermana, la actual plaza del Vínculo. Llegaría en 1952 la normalización de las relaciones con la Santa Sede a través del concordato suscrito con el Estado español, y al poco la normalización de relaciones con los Estados Unidos, con el cambio de opinión en el mundo occidental acerca del telón de Acero, la Guerra Fría y la guerra de Corea, factores que dieron a entender lo que era y representaba la tendencia comunista cuando acaparaba las herramientas del poder económico y político. El ingreso en las Naciones Unidas en la segunda parte de la década de los años cincuenta, fue un reconocimiento muy valioso para el singular régimen español, que emprendió a partir de 1959 un Plan de Estabilización Económica, en el que además de la austeridad preconizada desde la Administración Pública y las remesas de dinero que los trabajadores españoles a otros países principalmente europeos, hicieron caja, es decir acumularon reservar que se utilizarán después en los sesenta con los Planes de Desarrollo industrial, agrario, de Servicios, en el plano económico y un auge espectacular del turismo que acrecentó el nivel de divisas.

Paralela al despegue económico España fue adaptando progresivamente sus estructuras políticas a las necesidades del momento, al contexto mundial y a la preparación de la sucesión de quienes ostentaba la Jefatura del Estado. Dos opiniones divergentes había en los años sesenta: Los que preconizaban el paso inmediato a una monarquía democrática o régimen presidencialista, surgido de las urnas, o los que consideraban que Franco debía estar con las riendas del poder mientras viviese. Tras una reforma fallida preconizada por el ministro Arrese -tan vinculado a Navarra- hacia 1957 de institucionalizar el Movimiento Nacional, el partido único mejor organización política permitida como cauce de relativa participación popular , la Ley Orgánica del Estado votada masivamente en referéndum, adaptaba las leyes fundamentales a una época de desarrollo económico indudable, a los nuevos aires de la reforma religiosa auspiciada por el Concilio Vaticano II -1962-65- y a una España con unos niveles de instrucción y cultura muy bien situado en el mundo. Se declaró España un reino, desechando la república presidencialista, de la que tan mala experiencia había en la conciencia de los españoles, y en 1969 se designaba como sucesor a la Jefatura del Estado, al Príncipe de España, don Juan Carlos de Borbón, casado ya con la princesa Sofía de Grecia. La determinación de Franco y sus más directos colaboradores en las distintas familias políticas que conformaban los sucesivos gobiernos, fue contestada desde varios ángulos: como el de la República en el exilio, cada día más débil, las distintas facciones carlistas con aspirantes al trono como don Carlos Hugo, y los partidarios de don Juan de Borbón, padre del designado, que tenía un Consejo Privado en su exilio de Estoril, a manera de consejo de ministros preparado para actuar en el momento en que Franco se retirase. Éste no perdonó nunca, pese a su inclinación monárquico-alfonsina, a don Juan el haberse prestado tras la II Guerra Mundial a preconizar un periodo constituyente y democrático con las formaciones políticas exiliadas tras la Guerra Civil. Franco que era radicalmente contrario a los partidos políticos, que como católico fiel a la Iglesia sufrió con los nuevos postulados del Vaticano II de la aconfesionalidad de los estados y la declaración conciliar del Ecumenismo y libertad religiosa, procuró como lo había hecho desde la juventud preparar al futuro rey para presidir la nación de acuerdo con los visos de unidad y continuidad que caracterizan a la monarquía.

No fue fácil la tarea de acomodación progresiva a las exigencias democráticas. La violencia del terrorismo separatista vasco, las huelgas promovidas por sectores muy radicalizados de sindicalistas al margen de la Organización Oficial, la contestación estudiantil agudizada por los movimientos internacionales de lo que se ha venido a llamar la Revolución del Mayo de 1968, condicionaron la apertura progresiva de las instituciones de la vida política de España en los años setenta.

Años setenta, vaya añitos.

Los años setenta fueron años muy decisivos en la historia de España. Nos asomamos a esta década en 1970 con una Ley General de Educación, de 4 de agosto de ese año, impulsada por el ministro Villar Palasí, con el respaldo de las autoridades pedagógicas como el catedrático Víctor García Hoz, presidente de la Sociedad Española de Pedagogía, o la profesora María Ángeles Gallino, y con un cálculo presupuestario muy bien trabado de una reforma de la enseñanza en todos los niveles, que elevaba la Enseñanza General Básica -EGB-, como obligatoria hasta los catorce años, impulsaba la Formación Profesional, abría las puertas a un bachillerato unificado y polivalente y multiplicaba los centros universitarios, a los que dotaba además de instrumentos de investigación en todas las áreas, complementando la labor de organismos especializados como el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, impulsado por el ministro Ibáñez Martín en 1940 con la intervención directísima del que iba a ser Rector de la Universidad de Navarra, don José María Albareda hasta su fallecimiento en 1966. La Ley muy ambiciosa en sus objetivos y muy realista en su implantación, quedó a mitad de camino puesto que a la mitad de su programada implantación, diez años, murió Franco, en noviembre de 1975. Antes el régimen que se ha venido a llamar franquista, por el papel originalísimo de su titular, el 20 de diciembre de 1973 la banda terrorista ETA había asestado un golpe tremendo al Estado con el asesinato del presidente del Gobierno, almirante Luis Carrero Blanco, que había introducido en las instituciones políticas un aire de mayor participación social, además de contribuir a preparar personas más que partidistas, estadistas, que ayudasen al Príncipe cuando llegara el caso, a encabezar el Estado con una monarquía que a todas luces se veía parlamentaria, es decir plural en todo lo que la apertura permitiese.

En este ambiente de expectación, se aprobó por las Cortes Orgánicas, la Ley de Asociaciones Políticas dentro de las Leyes Fundamentales, y en especial la que regulaba la participación popular en las tareas de gobierno, canalizada como se sabe, por la representación familiar, sindical y corporativa. Estas asociaciones que afloran en los años setenta, se vieron complementadas con unas fundaciones u organismos similares que agruparon sensibilidades políticas diferentes. Yo pertenecí a una de ellas que se llamaba Causa Ciudadana, y que como otras más o menos diferentes, preparaba líderes para la contienda política que se veía venir tras 1975 y que tuvo una vertiginosa trayectoria. En cuanto la Ley permitió, no sin tensiones, las fundaciones como el caso de Causa ciudadana, fueron tomando cuerpo con la incorporación de otras formaciones políticas, y en nuestro caso, con un componente regional, desembocamos en una que se vino a llamar Acción Social Democrática Foral, preconizada por Jaime Ignacio del Burgo, una vocación clara de servicio a la política que desde su militancia juvenil en la Agrupación de Estudiantes Tradicionalistas, le llevaría a una larga trayectoria en la vida política navarra y nacional, como podemos comprobar incluso estos días con la participación en la comisión que estudia las instituciones forales de las otrora provincias Vascongadas hoy Comunidad Autónoma del País Vasco.

En mi caso, volviendo la vista atrás, me aparté un poco de una línea de trabajo político que impulsaba Jesús Ezponda Garaicoechea, concejal del ayuntamiento de Pamplona, luego procurador en Cortes por representación familiar y diputado foral muy efectivo. Jesús Ezponda promovió desde instancias sociales diversas como la Cámara de Comercio, muchas realizaciones económicas y empresariales además supo conjugar su amor a la navarra del desarrollo con un sentido muy realista de actuación en la vida pública. Jesús Ezponda nos ayudó desde 1968 a un grupo promotor, en la creación que no llegó a efecto de un Colegio Oficial de Maestros o Profesores. Con algún compañero más de este propósito, colaboré en algunas de sus campañas electorales, tales como las elecciones municipales de 1970 en Pamplona, en la que un grupo de personalidades independientes pero sin ánimo de ruptura, cristalizaron en una candidatura de tres aspirantes a concejalías por representación familiar y compuesta por Jaime Azcona, presidente de la Cámara de Comercio; José Javier Viñes médico prestigioso en el área de la Salud Publica, y Daniel Zariquiegui, árbitro de primera división muy popular. Las elecciones del sector las ganó la HOAC, Hermandad Obrera de Acción Católica, emanada como otros movimientos de contestación político de estructuras eclesiales llamaríamos hoy progresistas o rompedoras. Con Jesús Ezponda y Alfredo Les colaboré también en la campaña de elección de procuradores en Cortes por representación familiar, con resultado muy positivo pues ganaron las dos plazas en juego por Navarra. Y ellos me pusieron en contacto con Alfonso Osorio y Federico Silva, discípulos en lo cristiano y social de don Ángel Herrera Oria, que formaban parte de Unión democrática Española una de las sensibilidades de lo que se vino a llamar la Democracia Cristiana, a mi juicio la más sensata y valiosa.

Sin perder de vista la política nacional muy apasionante por cierto, en Navarra se suscitó otra transición, peculiar por cierto en España, la adaptación del régimen foral a los postulados democráticos que preconizaba el momento constituyente español, y en este marco la adscripción posible de Navarra a otra circunscripción regional, con el tema distorsionante del Nacionalismo Vasco, aunque minoritario en Navarra, presuponía la integración en un ente político común a Navarra y las llamadas provincias vascongadas. Ni que decir tiene, es evidente, la influencia que tuvo en ese proceso la actividad criminal de la ETA en España, y particularmente en Navarra. Bombas en la Universidad de Navarra, asesinatos de personas cercanas en mi caso por ejemplo de José Luis Prieto, a quien admiré y con quien coincidí en la Diputación Foral de Navarra, Alberto Toca, padre de alumnos míos y a quien ayudé en su cometido de presidente de ANFAS, mi compañero Pedro Fernández en los estudios en Magisterio y propietario de un bar cercano al Gobierno Civil, don Juan Atarés general de la Guardia Civil y esposo de María Luisa Ayuso con quien compartí inquietudes espirituales y educativas, Tomás Caballero a quien conocía en su papel de presidente del Consejo de Trabajadores con relación con el Diario de Navarra donde colaboré en temas educativos y culturales de 1970 a 1975; Jesús Alcocer, padre de una compañera de estudios en la facultad, y otros asesinados en nuestro entorno y conocidos, así como el tan sentido también de Gregorio Ordóñez formado en la misma facultad que yo en la Universidad de Navarra que pudo haber sido alcalde de San Sebastián, del también doctor por la misma, Giménez Abad, o el presidente de la diputación guipuzcoana y padre de amigos Juan María Araluce, y otros asesinatos frustrados como los de José Javier Uranga con el que tuve gran amistad y me abrió las puertas a colaborar en Diario de Navarra varios años, o José María Aznar que se libró de la muerte por una décima de segundo, nieto de mi biografiado don Manuel Aznar…y así una larga cadena de amenazas, chantajes económicos, acosos. La Transición estuvo muy condicionada por este fenómeno terrible del Terrorismo que ha tenido sin duda mucha influencia en el devenir de la Historia de España.

Jesús Tanco Lerga

Doctor en Ciencias de la información por la UN

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