¿Las palabras tienen sexo?

La intervención de la ministra Bibiana Aído en la cámara de los diputados, hace ya unos años, con “miembros y miembras” removió los cimientos del feminismo y ahora se ha duplicado su malestar por el lenguaje sexista de nuestra lengua.

Entonces ¿dónde poseen el sexo las palabras? Lo digo porque vemos “cursilerías” por doquier en boca de los políticos: señores y señoras, funcionarios y funcionarias. Pero el premio se lo lleva el País Vasco que en sus decretos repite y tripite los dos géneros de forma cansina: “El presidente o presidenta, los vocales o las vocales, el secretario o la secretaria” y así tropecientas mil veces.

Si nos ponemos exquisitos deberíamos hablar de “los piernos y brazos de los chicos y las piernas y brazas de las chicas”. Podríamos escribir “Ricardo es el mano derecho de la jueza o Laura es la braza derecha del presidente”. Nos podemos volver locos con estas modificaciones de género.

La filóloga Pilar Careaga declara que “el lenguaje está creado por el hombre y complace al hombre”. Sin embargo, el académico Ignacio Bosque alega “que no tiene sentido pensar que la gramática se confeccionó contra las hablantes del género femenino” ¿No existe “miembra”? En su origen latino se aplicaba a las partes del cuerpo. La Academia, hasta 2005, consideró que era un nombre asexuado, sin femenino ni masculino, como víctima, criatura o bebé. Más tarde determinó que el sustantivo “miembro” era común en género, un término ambidiestro, que sirve para ambos según el contexto y es una estupidez implantarlo en femenino sin consenso popular.

No forcemos a la Academia para feminizar el lenguaje, porque el uso hace la regla y lo que hoy suena disonante mañana puede ser aceptado si la sociedad comienza a utilizarlo. El académico Salvador Gutiérrez sostiene que “la lengua es el organismo más democrático que existe en el mundo, porque una palabra es válida si la gente la aplica con frecuencia”. Es absurdo exigir la modificación de un vocablo si no se practica en la calle. Las 22 academias de España, América y Filipinas han reiterado que las innovaciones lingüísticas corresponden a la sociedad y no a sus miembros. Como asegura Pérez Reverte: “la academia no inventa palabras, ni cambia su sentido, solo observa y registra en el diccionario la forma popular de hablar”.

El sexismo del lenguaje comienza a combatirse en México, con la Conferencia Mundial de la Mujer en 1975, concluyendo que existen expresiones machistas en todos los idiomas, como en el francés, italiano o inglés; así bombero se dice “fireman”. Tampoco podemos ocultar palabras muy discriminatorias en castellano que se han ido suprimiendo: Gozar, conocer a una mujer carnalmente; babosear, besuquear a una mujer en exceso; niñada, hecho impropio de la edad varonil en los niños. Ahora bien, antes de criticar el lenguaje sexista deberíamos echar un vistazo a la etimología de miles de palabras para conocer su auténtico significado y la evolución que han experimentado. Sostiene el escritor Virgilio Ortega que “la etimología es necesaria en la vida diaria: para la comunidad enamorada que desea saber la frase exacta con el fin de encandilar a su media naranja o al grupo economista para ajustar su terminología y, sobre todo, a la clase política que vive de engatusar con palabrería a sus votantes”.

Así, en su nacimiento, inquisición significaba búsqueda cuidadosa de la verdad; fornicar proviene del latín, fornix: puerta aboveda del circo romano a las afueras de Roma, lugar frecuentado por las prostitutas al anochecer y que más tarde varió para referirse a las relaciones sexuales ilícitas; sin olvidar, el término idiota, persona que se ocupaba de sus negocios privados y no públicos. Susana Guerrero sostiene que utilizar el lenguaje igualitario no es desdoblar las palabras amigos, amigas, sino desechar la desproporción en expresiones como: “esto es un coñazo o zorra” que es negativo y “esto es cojonudo o zorro”, positivo”.

En resumen, el vocabulario español no es sexista, pero sí la cultura. El lenguaje manifiesta ideas y costumbres de un pueblo, que debe ir dejando en desuso la terminología que alimente diferencias. El diccionario recoge las expresiones que la sociedad crea. Como declara Darío Villanueva: “No se pueden suprimir las palabras, aunque sean ofensivas o machistas, mientras las utilice la ciudadanía, porque significaría el fin del diccionario”. Podemos ir usando nombres colectivos, como la sociedad, el ser humano. La evolución del diccionario no sexista es lenta y hay que esperar a que madure, es decir, que lo hable el pueblo para que se normalice su uso. De lo contrario, haremos un flaco favor a la eliminación del machismo.

Finalizamos con el editor Virgilio Ortega: “El diccionario es una fotografía fija, mientras que las palabras son una película en movimiento”. Es cuestión de tiempo y mentalización.

Luis Landa El Busto

Licenciado en Ciencias Humanas y Profesor

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