Jerónimo de Ayanz y Beaumont

Personaje polifacético renacentista, aventurero, aguerrido militar, inventor, Jerónimo de Ayanz y Beaumont (1553-1613) asombra a quien se acerca a su biografía. Precisamente, un investigador, Nicolás García Tapia, que buscaba en el Archivo General de Simancas documentos sobre el desarrollo de la técnica en el Siglo de Oro, se encontró con un memorial de inventos que este ilustre navarro había presentado en la Corte. Su posterior investigación acerca del autor de esos ingenios le llevó a trabajar sobre él y a publicar un libro excelente, Jerónimo Ayanz y Beaumont, un inventor navarro, que hizo posible la Universidad Pública de Navarra en colaboración con el Centro I+D de Electrónica y Comunicación que lleva el nombre del personaje.

Nuestro Ayanz nació en el palacio de Guenduláin, ahora en estado ruinoso, en pleno Camino de Santiago, era hijo del Señor del lugar, Carlos Ayanz y de Catalina de Beaumont y Navarra. Familia claramente beaumontesa, que ayudó en generaciones anteriores en las luchas banderizas a la causa del Conde de Lerín, luego en la línea de los duques de Alba con la que entronca esta familia. Generaciones atrás, Fernando de Ayanz había gozado del favor de Carlos III que nombró a su antepasado castellano de San Juan Pie de Puerto y Baile de Mixta. Su padre, Carlos, combatió en la batalla de San Quintín, 1557, y a los 14 años Jerónimo, era ya paje real en la corte española, donde recibió una esmerada educación a cargo del ayo de pajes, que a su vez era amigo de Juan de Lastanosa, que por encargo de Felipe II se dedicaba a estudiar los ingenios hidráulicos. No perdió el tiempo el joven navarro allí y fue preparándose para la carrera militar y los ingenios de guerra. Lope de Vega en un soneto que dedica a nuestro personaje dice de él que tiene “grandes fuerzas tiene e ingenio don Jerónimo de Ayanz”. Resaltaba su gran corpulencia, su habilidad para la lucha y una facilidad asombrosa para la invención de máquinas de todo tipo. En 1571, fecha de la batalla de Lepanto, empieza su carrera militar. De sus hazañas en Flandes donde fue herido de muerte, se hacen eco, entre otros autores, Juan de Austria y el príncipe de Parma. Por méritos a su valor es nombrado en 1584 Caballero de la Orden de Calatrava, primera de su género y fundada como se sabe, por san Raimundo de Fitero. Después de su toma de hábito fue Comendador de Ballesteros y luego de otra localidad, Martos.

En 1584 casó con Blanca Dávalos, de la que enviudó enseguida, para contraer de nuevo matrimonio, con una cuñada suya, Luisa Dávalos, con la que tuvo cuatro hijos que murieron niños en una enfermedad simultánea. Los Dávalos eran de una familia aristocrática murciana, que conoció al desempeñar el cargo de Regidor de Murcia. Su arraigo en esta región mediterránea, le llevó a dejar su cuerpo, una vez fallecido –murió en 1613- en la catedral de Murcia, donde está enterrado.

Los sesenta años de vida terrena fueron muy bien aprovechados por Ayanz. Combate, por ejemplo, contra los ingleses desembarcados en La Coruña en un intento de levantar a Portugal contra España, en la célebre acción de María Pita contra Drake de su Majestad británica.
En lo cultural, fue amante de la música como cantante y compositor, escribió poesía y con fortuna, trazó buenos cuadros de pintura. Su carácter legendario de hombre corpulento y batallador, le llevó en lo legendario a divulgarse en los mentideros cortesanos, de haber arrancado por desengaño amoroso una reja de convento de clausura. Tuvo una relación muy especial con dos carmelitas ilustres, vinculadas a la fundación del primer convento de la orden en Pamplona, su tía Beatriz y su hermana Leonor. Cuando las fuerzas físicas empezaron a mermar, se convierte en destacado miembro de la Corte de los Austrias, sobre todo tras ser nombrado Administrador General de las Minas del Reino en 1597. Como tal hace una visita de inspección por los yacimientos más notables de España, especialmente los de la zona meridional, destacando las minas de plata de Cotorrillo, Cazalla, Fuente del Maestre, Aracena y Guadalcanal, donde estuvo a punto de morir –falleció su ayudante- por una intoxicación de aire viciado en el interior de las galerías.

También estuvo en las minas de Almadén de mercurio, y en las de cobre de Alcudia y Almodóvar, por señalar algunas. Como dato curioso hizo un estudio en las escorias, de ahí su nombre, de la mina de El Escorial, tan cercana a la Corte, de Valladolid y de Madrid. Se preocupó de las minas de la América Hispana, especialmente de las de Potosí, para lo que contó con las muestras que desde allí le mandó un primo suyo, Carlos Ayanz. Emitió un extenso informe con relación detallada del estado de las minas y soluciones para mejorar las condiciones de su extracción, la separación de las gangas, y en especial del azufre y óxidos en la plata. Total que de ahí se desencadenaron una serie de artefactos y de técnicas para renovar el aire de las minas, para obtener cámaras de oxígeno en inmersiones humanas en fondos marinos, y en unos nuevos tipos de hornos para tratar el mineral en bruto extraído de las canteras.

Las patentes de Ayanz se multiplicaron después con nuevas aportaciones en el campo de la energía, por ejemplo en el diseño de unas destiladoras de agua salada del mar. Antecedente de las desalinizadoras actuales, y de unos molinos de viento que podrían ser como los de don quijote, perfeccionados en lo siderúrgico y prólogo de los aerogeneradores actuales. Otro de los ingenios que le dio fama fue el de bombas de achique para barcos que hubiesen tenido alguna vía de agua. Logró optimizar el esfuerzo humano con máquinas bien estudiadas. Para completar el repertorio de inventos, Ayanz diseñó un eyector de vapor, en una esfera de cobre, con un sistema de calentado sin pérdida apenas de calor y una tobera en forma de pico de cigüeña. Este eyector de vapor se pudo aplicar a diversas facetas de la industria incipiente. También para el circuito de aire acondicionado que Ayanz tuvo en su cabeza y que probó con éxito. Aunque no fue original su acople, sí perfeccionó lo que se conocía entonces como máquinas de vapor para elevar agua, con un sistema de dos calderas y dos depósitos, y cada elemento con una función de calentar y enfriar o compensar la densidad del agua.

Tal cúmulo de adelantamientos en el horizonte del desarrollo tecnológico, con los medios que tenía entonces, pensemos en la llegada dos siglos después de la luz eléctrica, y de la combustión de los derivados del petróleo, y no digamos con el devenir del Siglo de las Luces, seguido del maquinismo, en lo que podíamos llamar amanecer de la industria basada en la técnica y no sólo en el esfuerzo humano, suscitaron en el entorno del invento navarro una serie larga de celos y envidias. Pero la labor de siembra ahí quedó, y hoy es recordado o al menos, quien tenga interés tiene medios de conocer a este personaje que vivió en los siglos XVI y XVII con visión anticipadora de los ingenios que fueron puestos a disposición de la sociedad décadas o siglos después.

Jesús Tanco Lerga

Doctor en Ciencias de la información por la UN

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