De Navarra XXV-García Sánchez I

Volvemos a la muerte de Sancho Garcés I, nuestro primer gran Rey.

Con su heredero en minoría de edad, pasa a ser tutelado por su madre: Toda Aznárez. Ésta reina es fiel reflejo de la equiparación real que tuvo la mujer en nuestra edad media, y de la que hablaré en profundidad en el capítulo siguiente, dedicado a la mujer en la Navarra medieval.

Cuentan las crónicas que para la irrupción de los ejércitos omeyas en Navarra, carente de un rey adulto que la acaudillase, Toda solicitó concilio a Abderramán III para forjar una nueva alianza. Para ello se desplazó hasta tierras del califa, donde fue recibida con todo tipo de honores e incluso familiaridad, ya que Abderramán se sabía emparentado tanto con su marido como con su heredero sucesor. A su partida, Toda portaba bajo el brazo un acuerdo donde Abderramán reconocía a García Sánchez I como heredero de una Navarra que no sería atacada por las tropas califales. Hay que ver éste acuerdo en su justo contexto, ya que lejos de ser el ejemplo de piedad y bondad que algunos autores exponen actualmente en relación a la figura de Abderramán III, fue un pacto forzado por la circunstancia, ya que a Abderramán le resultaba óptima una Navarra pacífica, dejándole las manos libres para enfrentarse al resto de reynos cristianos que seguían haciéndole perder terreno verano a verano. Batalla a batalla. Hasta ese momento Navarra había sido el motor de la reconquista, y eliminarla del campo de batalla aunque fuese en honor a un frágil acuerdo, era todo un triunfo para el emir.

Lejos de ser el pacto de sumisión que algunos publican, este acuerdo se limitó a la no agresión. A cesar la beligerancia mutua, atacando Navarra únicamente a los sarracenos ajenos al control cordobés. Prueba de ello es que Navarra siguió sin ser ocupada por los sarracenos, siguió sin valí sarraceno (que todos los territorios ocupados tenían), y sobre todo y principal, Navarra siguió manteniendo su ejército, sus plazas y villas y su extensión territorial sin merma alguna. Una Navarra que ya le mostró su carácter defensivo en la razia de 924, y que sabía difícil -cuando no imposible- de conquistar por las armas.

Éste acuerdo siguió en vigor hasta principios de 939, donde Abderramán tuvo que subir hasta Zaragoza cuando uno de sus vasallos se alió con los castellanos declarándose rebelde a Córdoba, terminando Abderramán por culpar a la reyna Toda por fraguar dicha maniobra. Dirigiendo sus ejércitos a las puertas de Navarra, consiguió firmar un nuevo pacto -ésta vez más agresivo para Navarra- pero que tendría muy corto recorrido. Pocos meses más tarde,  una coalición cristiana presentó batalla a los ejércitos moros en la conocida como Batalla de Simancas, decantándose el ejército Navarro (para sorpresa del emir) por la defensa de la cristiandad. En ésta campaña, de la que hablaré más adelante, la cristiandad ganó por goleada, ya que del gran ejército convocado por el califa sólo sobrevivieron él mismo (por los pelos) y un total de cuarenta y nueve sarracenos, que pusieron tierra de por medio sin mirar atrás. Tan mal se las vio Abderramán para salir vivo de Simancas, que fue la última vez que dirigió a sus tropas en persona. A partir de entonces, gentil y humildemente, delegaría ese honor en sus hombres de confianza.

A partir de ese año Navarra continuó como pleno actor en la reconquista, acaudillado por un García Sánchez I fiel seguidor de la política de su padre.

Afianzó su presencia en las tierras riojanas que su padre conquistó, denominándolas como una nueva Navarra. Nayara y Nazara son nombres comunes en ese primer tiempo como identificativos de la Nájera que conocemos en la actualidad. Trasladando temporalmente su corte a ésta nueva Navarra como puesto avanzando en la reconquista, continuó su labor expansiva teniendo que litigar no ya con los moros como era de esperar, sino con leoneses y castellanos que no perdían ocasión para intentar mermar los territorios reconquistados por las tropas navarras. Como ya he indicado fue fiel seguidor de la política de su padre, encontrando cómo en el 938 confirma un acuerdo de donación a Leyre por el que a partir de entonces Leyre recibiría los diezmos de las posesiones que el obispo de Pamplona poseía en la extremadura, incluyendo además que el rey donaría todas las tierras y propiedades conquistadas a los moros a partir de entonces.

Éste documento es uno de los que demuestra que en 938, a falta de un año para la ruptura del acuerdo de no agresión con Abderramán, la frontera sur de Navarra continuaba siendo la que Sancho Garcés I dejó a su muerte, 13 años antes. Los diezmos que dona a Leyre son los de Sos, en un muy significativo primer lugar, Uncastillo, Luesia, Biel, Lucientes, Sístricas, Orrio, Eliso, Tolosana, Castelmanco, Agüero, Murillo, Serracastillo, Longás, Lobera, Castellón, Miana, Sibirana, Petilla, Polovagente, Españes y Asín.

Toda una declaración de realidad histórica este documento.

Por su parte en lo referente a matrimonios, García Sánchez fue el siguiente en realizar un divorcio “a la navarra”, idéntico al que ya vimos en el caso de Onneca de Sangüesa y García el pamplonés. Tras un largo matrimonio con su prima Andregoto Galíndez, se alegó éste parentesco, el ser su prima, para anular su matrimonio y contraer nuevas nupcias con Teresa Ramírez.

El estudio de ésta época y las publicaciones resultantes es un ejercicio verdaderamente apasionante. Se esgrime el casamiento de García con Andregoto como maniobra política para justificar la “ocupación” del condado de Aragón por parte del rey de Navarra, cuando en realidad en ese tiempo NO EXISTÍA un Aragón independiente a Navarra. Siempre, desde su creación como condado, había sido parte íntegra del reyno de Navarra, contando en fechas anteriores únicamente con la excepción en el tiempo de estar bajo control directo de los francos en el marco del concierto carolingio. Además, Andregoto era tan Navarra como García. Rara justificación para un matrimonio entre un sangüesino y una lumbierina ¿no os parece?

Fruto del matrimonio con Andregoto fueron tanto Sancho Garcés II, quien heredaría la corona, como Onneca Garcés, la que vimos en el capítulo anterior casada con el Duque de Vasconia, siendo madre de los Duques posteriores. Tras una serie de victorias y expansiones, y sólo una derrota conocida, García Sánchez I falleció en 970 siendo sepultado en Sos en compañía de su padre.

Sobre su primera mujer, Andregoto Galíndez, continuó ostentando el título de Reyna hasta su muerte en Lumbier en el año de 943.

Quisiera hacer aquí un inciso para exponer mi mosqueo con el estudio de las monedas asociadas a ésta época. Atentando contra la tradición en el estudio que señalaba a determinadas monedas como pertenecientes a Sancho Garcés I, ahora en base únicamente a teorías y dislates actuales, está de moda publicar que ni Sancho Garcés I ni su hijo acuñaron moneda, dando uso sólo a la moneda acuñada por los moros. Las que hasta hace poco pertenecían a Sancho Garcés I, ahora son otorgadas a Sanchos posteriores, negando la tradicional atribución.

Se sostienen éste tipo de afirmaciones en textos que sólo hablan de dinares, pero olvidando que, según los ejemplos que ellos mismos aportan, los “dinares” sólo aparecen en las traducciones, mientras que el original habla literalmente de “piezas de oro”. También se hace gala de acuñaciones “regionales” que nos dejan la paradoja de que (siempre según ese tipo de estudios) Aragón como condado llegó a acuñar moneda propia antes siquiera que Navarra como reyno.

Echando mano a la historia real de nuestra tierra, podemos eliminar conjeturas y erráticas teorías. Como ejemplo pongo una unidad de la moneda que tradicionalmente se ha tenido como propia de Sancho Garcés I, y actualmente se atribuye a Sancho Garcés IV.

En ella podemos ver fielmente representado el árbol de Ainsa, con una fidelidad simbólica de las que ediciones posteriores carecerían. Además de poder ver la representación de la estrella navarra y las medias lunas invertidas, -símbolos que, salvo errónea atribución nunca portan las monedas aragonesas- vemos cómo también son detallados los cascabillos que demuestran gráficamente que éste árbol numismático lejos de ser el árbol de la vida ó pedradas similares que otros afirman, es nuestra encina de Ainsa.

Cascabillos que también encontramos en las primeras acuñaciones donde se nombra a Aragón. Acuñaciones que también se le niegan a Sancho Garcés I  y directamente las atribuyen a Sancho Ramírez. Resulta curiosa esta “fobia” monetaria, ya que está más que demostrado que incluso los visigodos tenían moneda propia.

Ahora os muestro una de las casi únicas monedas de oro que se conocen, de un rey Sancho con el nombre de Aragón impreso (siendo además la única que en su leyenda muestra fervor cristiano), seguida de otras dos monedas atribuidas a Sancho Ramírez en sus cecas de Aragón y Jaca respectivamente, para que podáis comprobar la similitud existente entre un huevo y una castaña. Por no hablar de que una sí lleva las estrellas de Navarra, y las otras dos, no.

Los monarcas francos por su parte también acuñaron moneda propia desde mucho antes. Incluso podemos encontrar monedas como la hallada en Irún, perteneciente a Guillermo Sánchez, el Duque de Vasconia que se casó con Onneca Garcés:

Particularmente me resulta impresionante que le nieguen a Navarra, a todo un Reyno, la acuñación de su propia moneda cuando el resto de condados inferiores a él en tamaño y relevancia ya la tenían. Incluso varios obispos acuñaron su propia moneda desde el siglo IX. Todos menos Navarra, está claro. Que Navarra «sólo usaba las monedas de los moros».

Los motivos o justificaciones para cambiar la atribución desde el Sancho Garcés I al IV son tan variopintos como el exponer que sus monedas muestran la palabra Navarra, con lo que, según ellos, no pueden ser del I pues Sancho Garcés I reinaba en Pamplona. Punto. Hemos visto en capítulos anteriores cómo se habla ya de navarros en el siglo VIII, e incluso en éste capítulo cómo es llamada nueva Navarra toda una región. También tenemos documentos tempranos que desde nuestros monarcas nos hablan de una Navarra plenamente identificada, como el que en el año de 1018, muestra a Sancho el Mayor encabezando el documento como rex Pampilonensium, encontrando el documento firmado no por caballeros pampilonenses, sino por “omnes uiri illustri quorum nomina non sunt prenotata hic siue nauarrenses seu aragonenses” realizando de tal modo una clara distinción entre los territorios de Navarra y los de Aragón como unidades territoriales dentro de la corona Pampilonense.

Finalizo éste capítulo con una reflexión: ¿Si Sancho Garcés I no tuvo moneda por no existir ninguna conocida con la leyenda Pampilona, los vascos son algo imaginario porque no hay ninguna moneda conocida con la leyenda Vasconia?

Rogelio Taboada

Cantero artesanal, escritor e historiógrafo sangüesino

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