De Navarra XXIV-Vasconia

Adelanto éste capítulo a causa de las numerosas peticiones recibidas, ya que tras la publicación del capítulo dedicado a los vascones las llamadas a que termine de describir los cambios fronterizos siguen sonando a día de hoy. Así que no queda otra que atender a quien se molesta en leer los artículos, y siente inquietud por lo que en ellos se demuestra.

Para ubicarnos en éste breve salto temporal, tengo que incluir un pequeño guión genealógico que nos explique desde nuestro ya sepultado Sancho Garcés, cómo derivó la cosa en ambas partes del Pirineo. Por éste lado, siguió en manos jimenas, pasando la corona de nuestro gran Rey Sancho Garcés I, a su hijo García Sánchez I.

Y así siguió entre Garcías Sánchez y Sanchos Garcés, hasta llegar al relevante para este capítulo, que no es otro que Sancho Garcés III, conocido por el Mayor. Rey excelso, de moda en estos tiempos, y del que pueden encontrarse ya varios títulos dedicados a su persona pues su reinado fue emblemático dentro de nuestra edad media. La próxima semana sin ir más lejos, el profesor Luis Landa, compañero articulista en esta web del pensamiento, presenta su último libro dedicado a las andanzas de Sancho el Mayor. Sin duda merecerá la pena leerlo. Así pues, hablaré ahora lo justico sobre éste monarca, aludiendo únicamente a lo relevante para la ocasión.

Por el otro lado del Pirineo, en la sucesión al ducado vascón, en Aquitania, vemos cómo una nieta de Sancho Garcés I, hija del también rey García Sánchez I, y en consecuencia hermana del rey Sancho Garcés II, se casa con el duque vascón, dándole los dos hijos que heredarían de manera consecutiva tanto el título del ducado como el gobierno de la región. De éste modo continúa Vasconia regida por caudillos navarros -tal y como ya vimos dentro de la dinastía de los Larráun- pero siendo ahora parte de la dinastía jimena.

El primero de sus hijos en ocupar el cargo es el conocido bajo el nombre de Bernardo I, en una Vasconia nuevamente independiente al poder franco. Caudillo que fallece en el año de 1009, siendo sucedido por su hermano Sancho Guillén. Un Sancho Guillén que fue criado en Pamplona, en la retomada capital de su feudo familiar, criándose en compañía de nuestro Sancho III el Mayor.

En el año de su nombramiento como Duque de Vasconia, 1009, Sancho el Mayor ya era un rey consolidado, adquiriendo para Navarra múltiples territorios bien por reconquista, bien por tratarse de territorios pertenecientes a la antigua Navarra reclamándolos de nuevo bajo el peso de su corona.

La extensión de su reino para ese año, 1009, tenemos la suerte de poder encontrarla detallada al milímetro pues en uno de los múltiples documentos que de su reinado se han logrado conservar, de tan sólo dos años antes, se describe todo su reyno pueblo a pueblo, monte a monte, incluyendo las nuevas tierras adquiridas en el norte junto al océano, en un primer paso de expansión buscando las tierras galas.

Según el documento, en 1007 y viendo “desolada y destruida la Iglesia de Pamplona que las naciones bárbaras casi destruyen (la ciudad)” restituye a su Iglesia, a su Diócesis, todas sus antiguas posesiones entre las que incluye la propia ciudad de Pamplona. En el mismo documento se señala el territorio que desde entonces estará bajo influencia directa de la Diócesis Pampilonense (importante el nombre), siendo este territorio la totalidad de su reyno, marcándose su frontera norte de la manera siguiente:

“El valle de Erro hasta la capilla de San Salvador que llamamos de Carlo Magno (Ibañeta). Y de la capilla de Carlo al puerto de Velate. Y de Velate hasta San Sebastián que está situado sobre la orilla del mar Océano con los valles abajo descritos:

Lerin, Oiarzun, Lauaien, Berastegui, Arainç, Larraun, Araria, Ozcue, Ernani, Seiaz, Titar, Yraugui, Goayz, Erretzil, Leitza, Aresso, Egoçqueta, Escurra, Olarumbe, Imaoç, Gulia, Jansarass con todos los sobredichos valles y toda Ypuçcoa”

Ésta era la configuración fronteriza del norte de Navarra hasta 1007, representado en el mapa con amarillo discontinuo.

Avanzamos dos años llegando a la muerte de Bernardo I. Heredando el título su hermano Sancho, Vasconia dentro de su independencia nominal, pasa a ser satélite de Navarra. A estar bajo su tutela. Existe un documento, del que hablaré en otro capítulo en profundidad, que en el año de 1010, ante un gran descubrimiento de carácter religioso realizado en Nueva Aquitania, reúne en dicha comarca al rey de Francia y su esposa, a Odón II de Blois (quien realmente era dueño de media Francia), a Sancho Guillén como Duque de Vasconia….y a Sancho el Mayor. Son las únicas personalidades que nombra, generalizando posteriormente con un “príncipes, condes, obispos y abades”. Según dice el propio documento “todas las dignidades de la tierra allí confluyen”. Siendo un concilio reunido en el noroeste francés, con la presencia de Sancho se reconoce su relevancia en la Aquitania de entonces, de manera independiente a su relación directa con el motivo de la celebración.

Pero nuestro Sancho el Mayor va más allá. Con la velada oposición de la monarquía franca, que deseaba recuperar el ducado de Vasconia para sí, da un paso más en su intención de anexionarse el ducado entero para Navarra, haciendo uso de una herramienta que le resultaría imprescindible: la religión. Ante una comarca claramente pagana como lo era Vasconia, hace uso del cristianismo como herramienta con la que irradiar su influencia directa. Para ello encomienda a la diócesis Pamplonense…atención, que viene gorda…restaurar la Diócesis Iruniense.

Otra de las pedradas de roge que ha levantado pasiones.

Aquí tenemos el origen real de Iruña. Ni en la “capital” de los vascones, ni en el nombre “vasco” de Pamplona. Algo que nunca tuvo, por cierto. En toda la documentación clásica se la nombra como Pompeion, Pompelon, o cualquiera de los usos para la ciudad de Pompeyo. Nunca como Iruña. Aun cuando el resto de ciudades que son mencionadas junto con ella sí ostentan su nombre pre-romano.

Iruña tiene todo su valor, origen y existencia en el ámbito religioso del siglo XI. En la oportunidad que vio Sancho el Mayor de expandir Navarra por el otro lado de los Pirineos. En un primer movimiento, realizado en 1014, dona tanto a Leire como a su Abad, que también era Obispo de Pamplona, todas las tierras ocupadas en Guipúzcoa. La propia villa de San Sebastián, Hernani, y un sinfín de localidades que en la actualidad configuran tanto Guipuzcoa como parte de Vizcaya, nombrando al receptor de la donación, al Obispo Sancho, bajo un nuevo título hasta entonces desconocido. Lo nombra Obispo Iruñense. A partir de entonces el Obispo de Pamplona, tiene encomendada la labor de cristianizar las nuevas tierras desde su diócesis, a la que a partir de entonces se le conocería –dependiendo del motivo del documento- como Iruña. La diócesis perteneciente al Obispo de Pamplona, y siempre en relación con las nuevas tierras conquistadas. Iruña. No a la ciudad de Pamplona. El gran valor de este nuevo nombramiento para Sancho el Mayor fue que a partir de entonces, la potestad de nombrar (y cesar) a párrocos y clérigos, así como la autoridad para consagrar nuevos templos, recaía directamente en el Obispo de Pamplona, otorgando así el poder real en las nuevas tierras a uno de los estamentos bajo su control. A nuestra Iglesia.

No termina aquí la cosa. Ocho años más tarde, en 1022, Sancho el Mayor en el apogeo de su reinado, se lía la manta a la cabeza y anexiona directamente para Navarra parte de Vasconia. Erradicando las sutilezas anteriores como protectorado o condado satélite, toma bajo su dominio directo como rey de Navarra una amplia zona de Vasconia, que en su momento de mayor extensión ocuparía desde Bayona a Olorón, pasando por Salvatierra y Navarrenx. Más menos la comarca que puede hoy encontrarse bajo el nombre de Pirineos Atlánticos. Uno de los territorios que a partir de entonces formaría parte de Navarra, y aun hoy en día sigue siéndolo, es el valle de Baztán y las tierras del Bidasoa.

Teniendo bajo su control la totalidad de las tierras que cinco siglos antes ocuparan los vacceos peninsulares, declara abiertamente su intención de restaurar la sede Iruñense, reuniendo para ello un concilio en Pamplona donde se marcarían las pautas a seguir, y la verdadera potestad que desde entonces tendría la diócesis de Pamplona, como la obligatoriedad de elegir siempre al obispo de Pamplona entre los abades de Leyre, o la potestad del obispo de Pamplona para el nombramiento del resto de obispos “comprovincianos”. Como el de Bayona, por ejemplo.

En éste documento vemos cómo el obispo Sancho firma como obispo pamplonés. También vemos cómo, por primera vez, Sancho el mayor firma como:

“rege in Pampilona, in Aragone, in Suprarue, in Ripacorza, in omni Guasconia, in Alaua, in cuncta Castella, in Asturias, in Leione siue in Astorica”

Por primera vez un rey de Navarra se intitula reinando en Vasconia. Y por primera vez, Navarra tiene dentro de sus fronteras parte de la Vasconia original. De la Vasconia real y documentada. La ubicada al otro lado de los Pirineos.

Tres años más tarde, en 1025, Sancho el Mayor nombra a Jimeno de OchoanizSeñor de Maya e Irurita, conformando así el primer señorío conocido en la historia del valle. Señorío dentro del Reyno de Navarra hasta el día de hoy. A partir de aquí cualquiera está legitimado a hablar de vascones en Navarra, de la Navarra vascona, etc etc, pues ciertamente desde 1022 Navarra contó y sigue contando con una parte de su territorio cuyo origen es directamente vascón. Sin alterar la realidad, sin mentir y sin manipular.

El origen del nominativo Iruña como hemos visto, viene de diócesis iruñense. ¿Cuál era ésta diócesis? Para encontrar su origen tenemos que viajar de nuevo Castilla León. A tierras vacceas. En concreto, a su límite sur. Al núcleo actualmente conocido como Urueña. Ahí se encontraba una de las diócesis cristianas anteriores a la migración teodosiana, que vería su fin con la partida de la población local a la defensa de los puertos pirenaicos. Es ésta diócesis vaccea la que Sancho el Mayor desea restaurar. La diócesis a la que los entonces paganos vascones habían pertenecido en la antigüedad.

Me parto con lo del nombre de Urueña. Cualquiera que se preocupe de buscar un pelín sobre su origen, puede ver cómo sin sonrojarse hay quien denomina a éste nombre como ibero-vascón. Tal cual. En el límite de Valladolid. Y sin despeinarse además.

Tanto Irueña-Urueña como Iruña-Uruña son términos vacceos. Uno se mantiene en origen y otro se desplazó con sus habitantes hasta el Pirineo. Son el origen de Irurita, por ejemplo, o de que Irún tomase su actual nombre perdiéndose el Oiasso tradicional. No es un caso insólito el que uno de los nombres mal llamados “vascos” a solemnidad demuestre un origen celtíbero. Aquí al lado de Sangüesa tenemos iluberi-iluberri. Lumbier. Como también sale entre las ciudades vasconas de Ptolomeo, pues iluberi es vasco de toda la vida. Casi casi creado por el propio Tubal en persona.

Lo malo que estudiando los concilios de Toledo previos a la invasión mora, encontramos múltiples diócesis visigodas, que heredaron tanto su nombre como su configuración directamente del mundo romano, como pervivencia del ibero original. Encontramos por ejemplo la diócesis de iliberis-iliberris. En Sevilla.

Incluso encontramos una diócesis Iriense…en Portugal. Que serían también vascos los portugueses del siglo VI.

Tras el fallecimiento de Sancho Guillén, en 1032, Sancho el Mayor intentó hacerse con la totalidad del ducado de Vasconia, pero fracasó al encontrarse con un reino francés en armas que presentaba a Eudes de Poitiers como heredero legítimo al título ducal, renunciando finalmente nuestro Sancho a sus aspiraciones aquitanas. Navarra ya mantenía una guerra por el sur contra los moros. No sería capaz de soportar otra por el norte, máxime renunciando a los refuerzos francos que tan necesarios se hicieron en nuestra reconquista.

El territorio presentado como iruñense en la anexión de 1022, con el paso del tiempo fue perdiéndose paulatinamente ante el empuje franco, y sólo viviría un periodo expansivo en siglos posteriores tras la inclusión de la sexta merindad (ó de Ultrapuertos) en los dominios de Navarra, quedando para nuestro reyno como parte de esta anexión el ya mencionado valle del Baztán, y la cuenca al completo del Bidasoa, perdiéndose para Navarra las regiones de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya en manos castellanas.

Añadiré dos curiosidades. La primera, el uso que hemos visto de “comprovincianos” en el documento de 1022. Conprouincialium en el original. Éste uso nos habla en una fecha muy remota de provincias dentro de Navarra. Algo hasta entonces desconocido, pues en el aspecto civil todo eran condados o señoríos. Éste uso como provincia en el marco de las nuevas anexiones fue el que dio paso a su futura nominación como Provincias Vascongadas, entrando en desuso como sabemos a final del siglo XX.

La segunda, el mencionado “Valle de Lerín” dentro del documento de 1007. Por el contrario de lo que pueda parecer, éste valle está en tierras de la actual Santesteban. Partiendo desde la cordillera, toma extensión hacia el sur incluyendo la actual villa, que en los documentos históricos más tardíos aun puede encontrarse como Santesteban de Lerín. En fechas posteriores a este 1007 y a causa de las nuevas anexiones, las tierras pertenecientes al señorío de Lerín tuvieron una tímida expansión por el norte siguiendo el curso del Bidasoa (frontera en amarillo continuo), viendo su máxima expansión territorial en las nuevas tierras reconquistadas al sur tiempo más tarde, donde hoy podemos encontrar la localidad reconocida bajo ese nombre.

Actualmente se ha eliminado todo rastro de un Lerín en el Pirineo. El motivo, el que el señor conocido como Conde de Lerín, sea señalado como el malo malísimo dentro de la guerra civil navarra que culminó en 1516 con la anexión de Navarra al conjunto de reinos peninsulares, y resulta “molesto” que se le pueda asociar directamente a una ubicación tan al norte. A un señorío directamente “vascón”. El origen de la casa de Lerín como podemos ver, está en tierras del actual Santesteban. En la falda de los Pirineos, en compañía de Leiza y Lesaca. Y así se mantuvo en la edad media por mucho que ahora intenten negarlo.

Toda una sucesión de singularidades ancladas directamente en la realidad histórica, que aunque me consta que no son bien recibidas por parte de nuestra sociedad actual, no dejan de ser tan reales hoy como lo fueron en su día.

Reales y documentadas.

Rogelio Taboada

Cantero artesanal, escritor e historiógrafo sangüesino

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