De Navarra XX- Sancho (parte 2ª)

Seguimos con las andanzas de Sancho Garcés I. Como ya me ha dado un toque la jefa de la casa, acusándome de volver a los tecnicismos, líos genealógicos y demás, intentaré componer éste artículo sin tanta cita, publicando directamente el resultado, comenzando por aclarar los parentescos ultimados en el capítulo anterior.

Aclarado este punto, sigamos con la vida de nuestro ilustre sangüesino.

Al recién nacido, lo adopta el noble aragonés. De este noble no se da cuenta en ningún documento más que por su filiación aragonesa, lo cual viene a aclararnos muy poco, por no decir nada en absoluto. En ese tiempo se conocía como Aragón al valle que regaba dicho río, teniéndose como comarca desde Puente la Reina de Jaca hasta Yesa, incluyendo el valle que hoy ocupa en Pantano de Yesa. Incluso en algún documento se incluye el nominativo de tierras del Aragón para referirse a este río a su paso por Sangüesa. Eso como digo, en el tiempo de los hechos. En el siglo IX. Pero todas las copias documentales que nos han llegado hasta hoy son copias del XII, XIII e incluso XIV, donde el territorio reconocido bajo el nombre de Aragón era mucho más extenso e incluía regiones que en el IX eran condados, o señoríos independientes a este nombre, como Jaca y su Gallia Comata, los cerretanos valles de Ansó, Hecho y Tena, ó la canal de Berdún y el propio valle del Onsella.

Territorios cristianos en el IX, pudiendo ser este noble de cualquiera de ellos. Particularmente me decanto por Sos, Tierra que daba buen uso a sus puertos de montaña para las labores de pastoreo, siendo esta actividad la principal en una zona con escasos terrenos de labor.

Y así es como nos lo presentan; vestido de pastor, y calzado con abarcas. Sobre su presentación ante los nobles de Navarra tengo claro que fue a la muerte de su ascendiente García Jiménez “el cerretano”, a mediados de la década de 880, encontrándose ya muertos sus primogénitos sucesores por causa de guerra.

Ante una nueva crisis dinástica, el único familiar disponible para tomar las riendas de Navarra era Jimeno Garcés, el hijo de García “el cerretano” y Dadildis, pero presentándose Sancho como heredero legítimo de la línea primogénita, terminó siendo reconocido como sucesor en el gobierno de la Navarra original.

Joven recién entrado en la veintena, se dedicó en cuerpo y alma a recuperar la tierra perdida. Sus primeras actuaciones fueron netamente defensivas, como la realizada en el 889 donde se vio obligado a defender uno de los pasos de la val Mediana para evitar la destrucción de la primitiva aldea de Sos. Aquí encontramos una de las “traducciones” llegadas con las crónicas moras, del tipo de las que me repatean el hígado. Uno de los puertos que Sancho defendió era el de los vacceos. Puerto que en la actualidad y por razones obvias sigue manteniendo el nombre de “los Baztanes”, y que se presenta en las traducciones realizadas como, cómo no, el paso de los vascones. Incluso hay autores que no se cortan a la hora de explicar que se llamaba así, porque todos los que vivían al norte de ese paso, eran vascones.

En Cáseda tenemos el paso de los roncaleses. Llamado así, al igual que el mencionado de los baztanes, por ser puertos a los que, mínimo desde los primeros tiempos de la edad media, pastores del Pirineo bajaban en invierno sus rebaños buscando un clima menos crudo para las bestias.

Siguiendo el desarrollo encontrado para el de los baztanes, todos los que habitamos al norte de Cáseda, somos roncaleses. Con un par.

Historietas aparte, por el contrario de lo que muchos afirman, Sos nunca fue moro. De la Sierra de San Pedro -Sierra Mediana por entonces- hacia el norte, dígase hacia el interior del feudo Jimeno, Navardún, Sangüesa, Javier etc, los moros nunca lograron conquistar ninguna localidad. El “Libro de la Cadena” es un compendio documental realizado en Jaca tiempo ha, reuniendo en él los documentos más relevantes que se conservaban en los archivos de la entonces villa. El él encontramos bien descrita ésta parte de la extremadura, de la manera siguiente:

“filera penna sos lopera roita sibrana eliso castellomanco agüero et moriello”

«Fillera, Peña, Sos, Lobera, Roita, Sibirana, Eliso, Castelmanco, Agüero y Murillo»

Por su parte realizando un compendio similar de las poblaciones que los moros en sus propias crónicas incluían como límite de su marca superior, encontramos su extremadura formada por:

Pamplona (recuperada en 778), Caparroso, Carcastillo, Falces, Olite, Tafalla, Cascante, Monjardín, Tarazona, Nájera, Uncastillo, Ejea, Valtierra, Calahorra, Albelda y Viguera.

Del mismo parecer se muestra D.Antonio Mariano López de Artieda, párroco de Sos, quien en 1799 (al igual que su vecino Sangüesino D.Juan Francisco Barásoain) dio respuesta al requerimiento histórico del Geógrafo de los dominios de Su Majestad, donde explicaba la fundación de la villa de la manera siguiente:

“En cuanto al fundador y época de la fundación del pueblo no hay documento alguno y todo son conjeturas. A mí me parece más probable la opinión [de aque] llos, que tomando las iniciales de las palabras Sancti Oppidum Stephani quieren que fue fundación de los primeros Cristianos, pues no sólo la iglesia parroquial sino de todas las basílicas de dicha población tienen la advocación de santos que vinieron muchos años antes de la pérdida general de España, y aun en la primera era del Cristianismo como San Esteban, San Miguel, San Bartolomé, Santa Cruz, San Cristóbal etc. Y si damos crédito a la fe humana y tradición constante, fue Sos una parte de la montaña en la que se mantuvo el cristianismo en la general devastación de España, como lo comprueban las escrituras que desde los años 778 se conservan en los archivos del Real Monasterio de Leyre”

Amén de hacer uso como vemos de la tradición oral, que nunca falla, vemos que recurre a manuscritos medievales para sostener su afirmación. Es muy certero al destacar que todas las advocaciones de las iglesias de Sos pertenecían a Santos y Mártires anteriores a la llegada de los moros. Algo muy inusual en las iglesias de las poblaciones reconquistadas, y que sólo puede encontrarse en éste tipo de lugares: Los que nunca fueron conquistados.

La hispania entre los puertos. Al norte de la sierra cristianos, moros al sur. Por el oeste ya conocemos la muga de Loiti, separándonos primero de los moros, luego de los vascones, y por último y para el tiempo del capítulo de hoy, del invento del Condado de Pamplona.

García Eneconis antes de suceder a Arista en Pamplona, desde nuestra Navarra ya se mostraba como jimeno combativo ante los moros. En la batalla de 843, la del concilio, figura en las crónicas moras como uno de los heridos, al igual que Galindo, a quien en ésta crónica lo identifican de manera errónea como su hijo. Sabemos por la carta de San Eulogio de Córdoba que Galindo era Eneconis, no Garcés, ergo sabemos que era su hermano.

A falta de ocho años para pasar a gobernar el condado pamplonés, García Eneconis ya encabezaba la línea dinástica de su rama familiar. Y aquí viene una gorda: Mientras se mantuvo como caudillo -o rey- de la Navarra original, contrajo matrimonio con una noble de la casa jimena, y que ya conocemos bien: Onneca “la rebelde”, señora de Sangüesa. Fuerte, ¿eh?

Matrimonio en el que se engendraron los dos únicos descendientes de García Enneconis: Fortún Garcés, y Onneca Garcés, más conocida como Onneca de Pamplona. El follón vino en 851, cuando García Eneconis marchó a Pamplona. Se ve que la sangüesina se negó a acompañarle (que Sangüesa tira mucho), terminando por divorciarse. Para que la cosa fuese legal, se adujo parentesco entre ambos, ya que eran primos, separándose e invalidando el matrimonio. Algo que volveríamos a ver décadas más tarde no muy lejos de nuestra comarca en otro noble matrimonio. Ventajas de la equiparación legal de la mujer dentro de la Navarra medieval, de la que hablaré en profundidad en su correspondiente capítulo. Negativa que le otorgó a Onneca el famoso cognomen de “la rebelde” por el que se le conocería desde entonces hasta hoy.

Divorciada de éste primer García, contrajo nuevas nupcias con el García de aquí, el de la rama “cerretana”, engendrando a Sancha Garcés, Jimena Garcés, y finalmente a Sancho. Sangüesinos todos ellos.

Como soporte a ésta afirmación, voy a reducir las citas y demostraciones a un breve comentario y una cita documental. Sabemos que el García Eneconis que va a Pamplona firma en 880 en compañía de su hijo Fortún. También sabemos que el García Eneconis cerretano muere en Liédena en 861. Pues bien. Si hay tanta reserva a la hora de señalar a una esposa para el pamplonés, aun siendo rey como dicen durante cuarenta años, es porque desde que pisa Pamplona como caudillo no figura ninguna mujer como su esposa en ninguno de los documentos que le pertenecen. Ni siquiera en el que comparte firma con su hijo Fortún.

Ahora pasamos a la cita:

Archivo Histórico Nacional, sección Leire c. 1404, n4.

Año de 918: “En el nombre del redentor y salvador del mundo yo Sancho rey, hijo del rey García, sucesor en el reino de mi hermano Fortún…”

Más claro…agua.

Hay que decir que en éste documento, a Sancho Garcés I le acompaña debidamente su esposa Toda Aznárez, eliminando de raíz cualquier sombra de duda sobre la identidad de éste Sancho, hijo de García, que además gobierna en 918, año en el que ni el más pintao le discutiría su reinado.

Por el tema de fechas y edades tampoco hay problema, porque ya vimos que a Sancho le dicen nacido en 865, y sabemos que nació por una lanza cuatro años antes, en 861. No dudo que el restarle años es un intento más de que pase por hijo de Dadildis…y ni aun así. Del mismo modo a Fortún, restándole años a los 126 que le ponía Ximénez de Rada, lo han dejado en los actuales 96. Algo que para nada justifico, ya que, sacadas las correspondientes cuentas, puedo exponer como edad máxima en el momento de su muerte los 86 años. En 922.

¿Recordáis del pasado capítulo, el párrafo con el que me partía cuartoymitá? Aquel en el que Sancho era su propio tío. Pues ese párrafo, pese a ser uno de los muchos desafortunados que ostenta ese cronicón, tiene un par de toques de realidad. El primero, la muerte en Liédena ese año de García Eneconis. El segundo, en el engrudo que hace de todas generaciones de ambas dinastías en una, exponiendo que un Fortún, un Sancho y un Jimeno huyen a Córdoba.

Por supuesto en las fuentes moras (las fiables) no figuran como llegados a Córdoba para ese año. Por lo menos ninguno con el apellido que les dispone, pero sí es cierto que tres notables personajes identificados bajo esos nombres, desaparecen. Es Fortún Garcés el que en ese año y en esa campaña, es hecho prisionero y conducido en compañía de su hija de diez años a la capital omeya. Niña que, cómo no, sería llamada como su abuela: Onneca. Les molaba el nombre.

Sancho como sabemos también desaparece, pues es “adoptado” por el noble aragonés. El tío del fallecido García, llamado Jimeno, es el único en duda, pues si bien en fechas posteriores se sabe que andaba con su familia pallaresa, no puedo afirmar con rotundidad que su marcha fuese el mismo año de la batalla ó a causa de ella.

El mando del feudo jimeno tras la campaña de 861 vuelve a manos del veterano García Jiménez “el cerretano”, habiendo perdido ya por causa de guerra a su hijo Eneco y a su nieto García. Aquí señalo el inicio del mito de la “corregencia” que le atribuyen. Corregencia que no es tal pues todos sus descendientes por línea primogénita habían fallecido, y Sancho, recién nacido, era el mayor tesoro a proteger.

De Fortún afirman que estuvo prisionero más de veinte años. Yo en base a los documentos puedo decir que 19 clavaos, ya que reaparece aquí como hemos visto en 880 acompañando a su padre. En tono de humor, puede afirmarse que esas vacaciones, puede que por largas, no le salieron nada baratas. Bien al contrario puede asegurarse que le costaron un ojo de la cara. Apodado por los moros como “el tuerto”, puede que sea muestra ejemplar de que su estancia en Córdoba fue de todo menos agradable. Por lo menos en sus primeros años. Su hija la niña Onneca, siguiendo la tradición mora para con las niñas cristianas cautivas, fue desposada por un moro de alta cuna.

Para que veáis el caos en las genealogías de ésta época, buscando trabajos sobre el particular puedes encontrar árboles genealógicos elaborados únicamente atendiendo a las fechas que los diversos cronicones aportan, pero sin añadirle el elemento lógico o racional que debe asociarse a un estudio bien entendido. Sobre Onneca la hija de Fortún, conocida por los moros como Onneca Durr, puede leerse de manera seria cómo Onneca se convirtió al Islám, se casó en un primer momento con el Príncipe Albdalla, alumbrando al padre de quien sería conocido como Abderramán III, abandonando posteriormente Córdoba y a sus hijos para irse corriendo a Jaca y casarse con Aznar Sánchez de Larraún, y engendrar a varios hijos entre ellos Toda Aznárez, quien sería esposa de nuestro Sancho Garcés.

Resumiendo, que siguiendo la línea marcada como oficial, tuvo hijos con Aznar antes de separarse de Albdalla, y antes de alguno de los hijos que tuvo con el propio príncipe moro, lo cual es matemáticamente imposible. Además, en la Córdoba musulmana una cautiva, por muy “noble” que tuviese su condición, no decidía cuándo irse y a dónde. Que eso por entonces sólo ocurría en nuestra Navarra libre.

Es un caso más donde se da una falsa atribución a un personaje para intentar encajar de manera forzosa situaciones y dinastías que realmente no tuvieron relación. Onneca Durr falleció en Córdoba sin volver a pisar tierras Cristianas, y Aznar Sánchez se casó con una Onneca diferente a la hija de Fortún.

Mientras tanto ahí andaba nuestro Sancho Garcés peleando por los montes. Tengo claro que el noble “aragonés” que lo adoptó fue el por entonces señor de Sos, más en concreto señor en el Castellón de San Esteban, ya que en ese tiempo una cosa era la aldea civil, Sausse, que edificada sobre la val Mediana se mantenía amurallada de manera independiente al castillo, teniendo como único edificio fortificado la antigua Iglesia de San Miguel (entonces Patrón de Navarra), conocida hoy como Iglesia de Santa Lucía, la cual os invito a conocer ya que las pinturas que podréis ver en su interior resultan fascinantes, y para muestra las que protagonizan la imagen principal de hoy.

El castillo y sus iglesias, San Esteban y Santa María del Perdón, estaban amuralladas como núcleo independiente. Esta individualidad era común en nuestra tierra, encontrando por norma en las poblaciones defensivas como Sos, el núcleo militar separado del civil para evitar que los edificios civiles, casas, graneros, cuadras y demás, sirviesen de parapeto para guarecer a los enemigos en caso de que intentaran asediar la fortaleza.

Ejemplo idéntico encontramos en Cáseda, donde en ese tiempo tanto la iglesia como la fortaleza coronaban el alto sobre el río, encontrando el núcleo civil abajo, en las orillas del Aragón.

Es desde el Castellón de Sos desde donde Sancho comienza su particular reconquista. Si bien como he apuntando en sus primeros años de mandato se limitó a la defensa de los puertos, no tardó en atravesarlos comenzando a reconquistar las poblaciones periféricas de la Sierra Mediana: Mamillas, Castiliscar, Luesia y Orés, fundando en el límite sureste de su primera reconquista la población de Luna para detener las incursiones llegadas desde la Huesca musulmana.

Fueron tiempos convulsos ya que si bien durante el mandato Arista sus parientes los Banu Qasi tudelanos mareaban lo justico, una vez llegado García a Pamplona rompió toda relación con ellos, obligándoles a terminar con su condición de rebeldes a Córdoba y las consecuencias que ello tuvo para nuestra comarca. A partir de ahí, omeyas y tudelanos marcharon juntos en multitud de ocasiones, intentando conquistarnos primero, e intentando detener a Sancho años más tarde. García vivió su momento de gloria en la Batalla de Clavijo, donde, junto al rey astur Ordoño I, masacraron a las tropas del conglomerado musulmán.

La muerte del García pamplonés también adolece de confusión, ya que es descrito como muerto en la defensa del castillo de Aibar. Y sí que es cierto, pero sin serlo. No murió defendiendo la Aibar actual, encaramada a un monte, con sus Iglesias de San Pedro y Santa María. Murió defendiendo junto a Sancho en 891 la filial que esta villa tenía en el margen derecho del Aragón, poco más abajo de Gallipienzo, conocido como Ayuar de Yuso. Núcleo edificado y sostenido por los aibareses, formaba junto con Gallipienzo y Cáseda un línea fortificada que impedía la entrada a Navarra por el único espacio carente de puertos: el cauce del Aragón.

De ahí que los moros mostrasen tanto empeño en conquistar cualquiera de sus plazas para abrir así la puerta de nuestra comarca. La Aibar actual nunca fue atacada, conquistada o arrasada. No había ejército moro que pudiese planteárselo siquiera, ya que la Aibar medieval era una auténtica e inexpugnable fortaleza. Al igual que hemos visto para Sos y para Cáseda, por un lado estaba el castillo y su iglesia de San Pedro, y a las faldas de la montaña, la población civil con su iglesia de Santa María.

Como demostración de la antigüedad de éste castillo y su pervivencia hasta la actualidad, una anécdota. No ha muchos años, cuando su por entonces párroco D. Fermín se dispuso a restaurar la torre defensiva conocida como “la cambreta”, antaño parte del castillo y ahora elemento del templo religioso, en la capa inferior dentro de la torre, sobre la propia peña que lo sustenta, encontraron denarios ibéricos. Ahí es nada.

Más arriba, junto a los actuales depósitos de agua de la actual villa, aun pueden encontrarse soterrados multitud de bloques de sillar, de factura tanto romana como visigoda, que demuestran que este castillo fue uno de los de mayor tamaño de la primera Navarra, ya que fortificaba la totalidad de la cresta montañosa.

Como para conquistarla en cuatro pedradas.

Muerto García le sucedió en Pamplona Fortún “el tuerto”. Convertido al Islám en su periodo cordobés al igual que hizo su hija Onneca, si bien como ya vimos en su primer año de reinado intentó un hermanamiento con el obispo navarro en Leyre, tipo reconversión, puede tenerse ésta acción como postureo, ya que además de mantener la ciudad de Pamplona sin culto cristiano, no tardó en pactar con los musulmanes cordobeses, intentando crear un estado filial a los Omeyas por encima incluso de los Banu Qasi tudelanos. Algo que por descontado, Sancho Garcés no iba a consentir de ninguna de las maneras.

Afianzadas ya sus primeras conquistas en territorio aragonés, Sancho se vio apoyado por todos los señores de la marca ante esta nueva afrenta. Tras soportar doce años a un Fortún que cada día se mostraba más beligerante, renegando de los tratados firmados por su padre con los astures, y tendencioso con los territorios de la Navarra nuclear, Sancho se preparó para conquistar Pamplona por las armas. Para ello contó con el mecenazgo de su familia política de tierras jacetanas, los Aznárez, quienes le aportaron una ingente cantidad de dinero para aprovisionarse de armas, cabalgaduras y pagar la cuantiosa soldada reclutada. Contó también con el apoyo de su “tío”, Jiméno Garcés quien aportó un notable contingente de soldados pallareses. Y por descontado, también contó con el apoyo de su sobrino, Ordoño II el astur, hijo de su hermana Jimena Garcés, quien años más tarde sería nombrado nuevo Rey de León.

Con todo éste contingente bélico, y éste notable despliegue  -debidamente documentado- de recursos tanto económicos como humanos, marchó sobre Pamplona conquistándola, y desalojando a su tuerto hermano. Como para que sigan manteniendo que la cesión del trono fue en plan buen rollo, porque Fortún estaba viejillo y tal. Pamplona se conquistó por las armas, y una vez apresado el traidor a sus raíces, Sancho, como buen heredero de la cultura romana, realizó una práctica que ya hemos visto en un par de ocasiones en capítulos pasados: en lugar de ejecutarlo, lo enclaustró en Leyre. Amén de como digo ser ésta una práctica empleada desde tiempos de roma, aquí Sancho demostró tener un punto “cabroncete” en plan de; “si no querías taza, toma taza y media”

Por su parte Fortún en sus años de reclusión monástica que le valieron el sobrenombre de “el monje”, aún tuvo tiempo para dar su última pataleta de rebelde. Encontrándose el monasterio de Leyre en plena ampliación, edificando su basílica de estilo visigodo sobre la ahora cripta tardo romana, saboteó uno de sus nuevos capiteles. Capitel que muestra tres rostros enmarcados en tres arquillos de herradura, (a los que se les atribuye la representación de los tres condes jimenos; García, Eneco y Fortunyo quienes sí es cierto donaron cuantiosas sumas para esta nueva edificación) donde grabó de mala manera una frase, en árabe medieval, que dice: “no hay más dios que Allá” . Frase escrita de manera burda por una mano que desconocía el oficio de cantero, se mantiene visible en la actualidad en el capitel que sustenta el arco fajón del presbiterio en su lado izquierdo.

Sobre las tres caras yo disiento, ya que aún pudiendo dar por buena la explicación de los tres condes, me decanto por ser una más de las representaciones de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, representados con tres rostros idénticos como un solo ser. Algo que es recurrente en los templos visigodos declarados bajo rito católico, en contraposición de los que se mostraban arrianos. Ejemplos similares existen bien lejos de Navarra, y vale que nuestros condes fueron hombres de renombre y tal, pero dudo que su “fama” alcanzase para tanto como para ser representados en templos erigidos antes siquiera de la llegada de los moros a la península 🙂

Además creo que ese fue el motivo principal de que Fortún escribiese ahí su último legado: deslegitimar la Divina Trinidad aludiendo que no hay más dios que el de los moros.

A partir de la conquista de Pamplona, con un Sancho Garcés asentado como principal monarca de la cristiandad peninsular, se desató el caos para las huestes moras. Desde Pamplona dio inicio a la reconquista más allá de los puertos, cruzando El Perdón dirección a tierra estella, pasando por la actual Puente la Reina de Navarra. De ahí se metió de lleno a recuperar el valle del río Oja, origen nominal de la actual La Rioja, pasando a las llamadas Tierras de Álava donde en compañía de su sobrino Ordoño expulsó a los moros fundando varios núcleos dedicados a la repoblación. El principal de los navarros fue Salvatierra (Saluaterra) y el de los astures, Ordoñana (Ordonnia).

Las primeras repoblaciones serían llevadas a cabo con gentes de nuestra Navarra original, fundando Sancho con la gente de su tierra las que serían desde entonces conocidas como Navarrerías. Pamplona tiene la suya, como población que acompañó al clero navarro en su regreso a la ciudad para, por fin, reinstaurar el culto cristiano dentro de sus murallas. El primitivo núcleo de la actual Estella la tuvo, y Puente la Reina, también. Pero Navarra no daba para más. Siendo las conquistas tan rápidas en el tiempo, tuvo que recurrir a la ayuda franca, solicitando colonos para las nuevas tierras, comenzando así la recolonización desde el otro lado de los Pirineos. Colonos que llegaban a estas partes protegidos por sus propios fueros, fueron repoblando los nuevos núcleos aportando con su presencia diferentes rasgos a la península, tanto culturales como lingüísticos.

Sobre el carácter lingüístico de estas colonizaciones hablaré más adelante, pero quiero que memoricéis para el futuro las navarrerías que he detallado asociadas a esta reconquista de Sancho Garcés, pues como veremos resultan muy relevantes: Pamplona, Puente la Reina y Estella.

Tan bien se le dio a Sancho el batallar contra los moros, que además de hacerles correr en dirección a África, les obligó a modificar su conducta militar, viendo cómo en el auge del reinado de Sancho se erige un nuevo emir en Córdoba. Emir que remodela el modus establecido hasta entonces en sus ataques, eliminando el uso de una infantería lenta y pesada, dando forma a un ejército que, carente de maquinaria de asedio, otorgaba todo su valor -merecidamente- a la caballería. Provistos de cabalgaduras ligeras, si bien sus ataques no podían abrir brecha en nuestros núcleos fortificados, se mostraban óptimas para la destrucción y el saqueo de las poblaciones agrícolas, esquilmando a Navarra de sus preciados recursos. Éste nuevo e inteligente emir, será conocido hasta el día de hoy bajo el nombre de Abderramán III.

Califa del que hablaré en el siguiente capítulo, tercero dedicado a Sancho, donde de seguro encontraréis nuevas y sorprendentes situaciones en nuestra Historia medieval.

Rogelio Taboada

Cantero artesanal, escritor e historiógrafo sangüesino

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